Letras, Obra gráfica

Aute de noche, con nocturnidad y calevosía

En 1995, el editor y escritor Luis Felipe Comendador me propuso ilustrar tres poemas de Luis Eduardo Aute, con la idea de publicar los textos y los dibujos en una nueva entrega de la colección de hojas de poesía El árbol espiral. Los poemas de Aute eran, al mismo tiempo, las letras de algunas canciones que el cantautor escribió para su álbum Alevosía, publicado ese mismo año, y que no tuvieron cabida en la edición final del disco. Así surgió esta publicación, hace ya nueve mil ciento y treinta días —veinticinco años— que han tenido, como manda la tradición y las buenas costumbres, sus correspondientes noches. Como hoy mismo, al día le sucederá la noche:

Aquí está, de nuevo aquí,
recusadora y amenazante,
la noche,
con nocturnidad
y calevosía.

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Forma y volumen, Letras

El insecto Samsa cruza la ciudad vieja

Completada la metamorfosis, la oruga desaparece y para cerrar el ciclo surge el insecto adulto. Exoesqueleto, élitros y alas, mandíbulas preparadas para cortar casi cualquier material, ojos compuestos, largas antenas, tres pares de patas lobuladas. Parece un escarabajo, tal vez de alguna familia acuática, aunque lo más probable es que sea un híbrido de varias especies. De momento, se ha quedado a unas calles del ayuntamiento y de Staroměstská, el reloj astronómico. En esa zona de Praga, habita Gregor Samsa, quien duerme plácido sin adivinar que cada mañana del resto de su vida se despertará convertido en insecto.

¿Que cómo sé todo esto? Pues lo sé porque, pese a todo, no he perdido la ilusión de ser apache, y cada noche salgo yo también a las calles, con mis tarros de cristal y mis pinzas, buscando esos ojos verdes que, al contemplarlos de cerca, me permiten oír el mar. A veces, Gregor y yo cruzamos nuestros pasos; nos miramos, pero no nos saludamos. Pertenecemos a mundos muy distintos. Él, el insecto Samsa, admite su realidad, sabe que ha completado el ciclo, su metamorfosis. Es manso y complaciente, y se arrastra. Quizá sea feliz. Yo, aún sin un nombre definitivo, no encuentro acomodo en este universo enclaustrado y sin mar. Por eso robo los ojos a quienes a estas alturas de la vida aún piensan que los monstruos no existimos. Pero sí.

©Arturo Ledrado 2020

Libros intervenidos: Arturo Ledrado, 2020. El insecto Samsa cruza la ciudad vieja [cerámica, acrílico y collage sobre edición de La metamorfosis, de Franz Kafka]. 21 x 13 cm. (catálogo VOL-003). Ejemplar único.

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Letras

Charlie Donnelly se volatiliza en la biblioteca

El 27 de febrero de 1937, en los últimos días de combates en el Jarama, el Batallón Lincoln perdió en el Cerro del Pingarrón más de dos tercios de sus efectivos: 127 hombres muertos y 200 heridos. Charlie Donnelly, poeta y activista irlandés, fue uno de aquellos muertos. Tenía 22 años, y había viajado a España a primeros del mes de enero para enrolarse en las Brigadas Internacionales.

Y me quemo, y miro afuera hacia el gris
viento amartillado al día de la fantasía.
(And I fume, and look outside on the grey
Wind hammered to fantasy day.)

Charlie Donnelly, de «En la biblioteca» (In a Library)

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Dedicatorias, Marta y sus ojos amarantos

Mi Cuaderno de Nueva York dedicado por José Hierro. La preciosa dedicatoria la compartí con Marta, mi hija. Entre otras circunstancias que influyeron en la elección del nombre, Marta se llama así por el poema «Lope. La noche. Marta», del libro Agenda, de José Hierro, publicado en 1991. El poema, escrito en primera persona, presenta a Lope de Vega en el ocaso de su vida compartida con Marta de Nevares Santoyo, la última amante del dramaturgo. En una conversación con Félix Grande, al mencionar que a mi hija le llamaríamos Marta, Félix vaticinó que tendría los ojos de color amaranto. Como el amaranto se refiere preferentemente a las flores rojas de la planta del mismo nombre, cabía la posibilidad de que los ojos de Marta hubieran sido purpúreos. No fue así. Los ojos de Marta son de color variable, según incida en ellos la luz, y generalmente se muestran entre azules y grises. Pero también hay momentos en los que se aprecian tonos verdosos, muy parecidos a los de las hojas del amaranto verde. Así que la predicción de Félix Grande fue acertada.

También Marta de Nevares tenía los ojos verdes. En el último verso de «Lope. La noche. Marta», José Hierro incide en ese hecho y cierra el poema con uno de los versos más bellos de nuestra literatura:

«Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar».

Marta y sus ojos, a veces, amarantos
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Fotografía, Letras

Las escamas de Hierro del otoño

Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.

José Hierro. «Cae el sol» en Libro de las alucinaciones, 1964.

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Fotografía, Letras

Los dioses no existirían sin los hombres, ¿o no?

INVENCIÓN DE DIOS
(DESPUÉS DE LA TORMENTA)

El primer hombre está ahí,
en el miedo irracional a la tormenta,
en la frontera vegetal que se recorta un instante,
en el silencio oscuro que precede al trueno.

Está ahí, inmóvil, hipnotizado por la sierpe
que dibuja nubes sobre el encerado negro.
Ahí, junto a la entrada de su cueva,
el primer hombre contempla absorto el holocausto
del polvo y del silencio.

Aún no lo sabe, pero sus ojos,
mañana,
inventarán un dios azul y a su medida.

©Arturo Ledrado

[poema incluido en el libro Arqueología submarina, Madrid, 2000]

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Todo es más fácil si olvidaste en casa la cabeza

FÁBULA CON ANIMALES

Ahí detrás, amigo mío, dormita la serpiente.
Ten cuidado. Lleva el arma dispuesta.
Que no te importe manchar de sangre las alfombras.

Apunta. Dispárale a los ojos
una bala certera y después otra y otra y otra.
Actúa y no pienses en el precio.
Siempre saldrá barato destruir a la serpiente.

Anoche vino un hombre cargado de medallas.
Le advertí: el valor, aquí, no sirve para nada.
Mejor si te bebiste todo el vino.
Calienta más la sangre, te da alas.
Mucho mejor si olvidaste en casa la cabeza.

Después, le señalé la puerta. Entra.
Ella siempre está de guardia, esperándote, amigo.
La serpiente es capaz de oler el miedo.
Ahí dentro, tus medallas son un lastre, le dije.

Un día de éstos, si alguien consigue al fin matarla,
recogeré los huesos de los héroes
que osaron enfrentarse a la serpiente
y haré con ellos flautas dulces como el azúcar.

Ahí detrás, amigo mío, se embosca tu serpiente.
Apunta. Dispárale a los ojos una bala.
Mucho mejor si olvidaste en casa la cabeza.

@Arturo Ledrado

[Poema incluido en el libro Arqueología submarina, Madrid, 2000]

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El velado misterio de los silencios y los gestos

EL SILENCIO DE LOS GESTOS

Fui a decirle unas cuantas verdades al lucero del alba,
y me contestó con un guiño; porque ya las sabía.
JOSÉ BERGAMÍN

También, y afortunadamente, nos queda el silencio.

Podríamos hablar de muchas cosas:
del tiempo guardado en los armarios del recuerdo,
de las páginas que aún le restan a nuestra historia,
de la lluvia que vendrá o no vendrá a visitarnos
porque es así, arbitraria y caprichosa.

Podríamos decirnos lo que ya sabemos:
que no hemos agotado la habilidad de amarnos,
que somos el uno para el otro un velado misterio,
que la vida no tiene demasiado sentido
si conjugas el verbo ser en persona singular.

Podríamos levantar castillos de palabras,
perdernos en bosques de vocablos obtusos,
alumbrar el camino de ese adjetivo cálido y conciso
que no quiere abandonar el nido de tus labios.

Podríamos ser crónica y relatarnos mutuamente
cómo es la envoltura que nos anuncia:
bien el vestido de las grandes ocasiones,
bien los entrañables harapos de andar por casa.

Pero no.

Entre tú y yo sobran las palabras.
Afortunadamente, nos queda el silencio de los gestos.

©Arturo Ledrado

[Poema publicado en 1995, en la revista Poesía, por ejemplo, editada en Madrid por Agustín Porras.]

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La zona de reservas republicanas del Jarama

El pasado 29 de septiembre, el Grupo de Investigadores del Parque Lineal del Manzanares (1) organizó un recorrido por la zona de campamentos de las reservas del ejército republicano en el frente del Jarama durante la Guerra Civil. Esta amplia zona del término municipal de Arganda del Rey se extiende por terrenos de Valhondo, El guijarral, El milano y Valdepinar. El mayor número de vestigios corresponde a refugios excavados aprovechando los taludes de los caminos. Son refugios de dimensiones reducidas, concebidos para proteger una escuadra, unidad militar compuesta por tres o cuatro soldados y un cabo. También quedan restos de varios puestos de mando diseminados por la zona, casi todos con un estado de conservación aceptable después de más de ochenta años y del continuo expolio a que están abocados al no existir apenas protección legal para estos elementos de indudable valor histórico.

Lamentablemente, en cada ocasión que se ha intentado establecer una normativa que proteja y valore los vestigios de la batalla y el frente del Jarama, la discusión se ha trasladado al terreno de la política más pedestre, aquella que se aferra a la ideología y la censura, y desprecia la historia, la cultura y el derecho al conocimiento.

Es muy probable, como recoge Jesús González de Miguel en su libro La batalla del Jarama (2), que Charles Greenhalgh, voluntario de las Brigadas Internacionales nacido en Manchester y combatiente en el Jarama, acertase cuando cambio parte de la letra de la canción Jarama Valley:

We’ve been far to long. They say we are leaving tomorrow but tomorrow in Spain is mañana and mañana in Spain never comes (Hemos estado aquí durante demasiado tiempo. Nos dicen que nos vamos tomorrow, pero tomorrow en España es mañana y el mañana en España nunca llega). 

(1) Grupo de Investigadores del Parque Lineal del Manzanares (GIPL). http://www.parquelineal.es/gipl/

(2) GONZÁLEZ DE MIGUEL, J. La batalla del Jarama. Febrero de 1937, testimonios desde un frente de la Guerra Civil. Madrid: La esfera de los libros, 2009. ISBN 978-84-9734-793-8

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1958: la estación de Vaciamadrid cabe en un vagón

Prima Littera

La falta de edificios para ubicar la estación Vaciamadrid del Ferrocarril del Tajuña después de la Guerra Civil (1936-1939) se solucionó con un vagón habilitado como unidad administrativa y de control de paso. En la fotografía, Juan, el jefe de la estación, posa delante de ese vagón acompañado por su familia.

El origen del Ferrocarril del Tajuña se remonta a 1881, con la concesión a Juan Carlos Morillo de un tramo ferroviario de Madrid a Vaciamadrid para el transporte de yeso. El tendido de la línea Madrid Niño Jesús-Vaciamadrid-Arganda del Rey concluyó en 1886. Después de la Guerra Civil, la línea reanudo su servicio en abril de 1940, una vez reparando el puente metálico sobre el Jarama. El transporte de viajeros quedó definitivamente suspendido en abril de 1953, y el de mercancías, en 1996. Más detalles de este y otros proyectos ferroviarios en la página www.spanishrailway.com. En la Gaceta…

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