Letras, Obra gráfica

Doble personalidad (o el sabor de la fruta)

Un microrrelato que escribí en 2001 para un potencial libro. De momento, descansa en el obrador, dentro del cajón etiquetado Intramuros. Hace unos meses, Aurora Guereña me pidió algún relato para un proyecto de ilustración. Sus dos dibujos han captado la esencia de esta historia mínima de naranjas y sueños; de vigilias y paréntesis.

Doble personalidad

Los cristales empañados; la frialdad especular de las baldosas; un colmo de cacharros sucios desbordando el fregadero. Son las cuatro de la madrugada y la ciudad se estrecha y se diluye bajo la menguante luz de un puñado de estrellas.

Gajo a gajo, se come —me como— dos naranjas. Pienso en su suerte —en mi mala suerte—, en lo injusto que resulta este reparto de tiempos. Él ignora la espontaneidad de su estado: no sabe que se levanta sin más y ejecuta acciones sencillas —ni siquiera hemos pelado bien las frutas—. Luego, cuando despierte y esté sólo y, desde mi punto de vista, incompleto, nada recordará .

En esta madrugada, yo le acompaño en su periplo, atento a su relación con el medio que nos rodea; me mantengo prevenido y alerta.

La historia se repite cada noche con parecida intensidad; tan sólo varía la textura, la forma o el sabor de la fruta: hoy, dos naranjas; ayer, un resto de uvas. Mi vigilia dura apenas unos instantes, un escueto paréntesis entre dos fases de su sueño.

Aun así, espero que jamás se deje convencer por quienes con frecuencia le recomiendan que solicite la ayuda de los psicoterapeutas. Una respuesta positiva al tratamiento sería dramática para mí.

© Arturo Ledrado 2001-2021

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Letras

Toda la vida comiendo el mismo sándwich

Por recomendación de Venecia, el club de lectura de La Casa Encendida, la primera novela del poeta vietnamita, emigrado a Estados Unidos, Ocean Vuong (1988): En la Tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama, 2020).

De mi lectura, unas cuantas imágenes y un par de referencias: la familia, la guerra, el partir para no llegar nunca del todo a otro lugar; el descubrimiento de la sexualidad, el placer, el dolor y la incertidumbre; las flores y las ausencias; cartas y fotografías; Roland Barthes: está aquí, el principio solemne del gran, largo duelo; Marguerite Duras: pronto en mi vida fue demasiado tarde… América por consecuencia de Vietnam; Vietnam a consecuencia de América…Y toda la vida comiendo el mismo sándwich.

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Letras

Árbol temblón de los días pares

Mi primera colaboración para Venecia, el club de lectura de La Casa Encendida, es un microrrelato construido a partir de la lectura de «The night souper», un texto de Eduard Limónov incluido en El hombre sin amor, antología de sus relatos preparada por la editorial Fulgencio Pimentel. El proyecto Venecia explora las relaciones entre literatura y arte contemporáneo. A través de la red de relatos, Venecia busca «experimentar con distintas formas de escritura y compartir los resultados con una comunidad distribuida».

Árbol temblón de los días pares

Cuando abro los ojos, la catedral sigue ahí, cerrando al este una plaza rectangular, mal iluminada, los viejos sillares revocados de humedad, líquenes y guano. Volver para recuperar el hilo de la propia historia. Volver para empezar a partir.

El dédalo de callejuelas aún ofrece referencias ciertas y encuentro la casa sin muchos titubeos. Los árboles han crecido. Pero falta uno, el que se asomaba a la esquina del parque y temblaba los días pares. Era un juego: los impares, calma; los pares, viento, decíamos. Éramos dos. Los árboles eran tres. Cada equipo perdió una ficha.

La escalera parece ahora más empinada. Dejo la maleta sobre la cama desnuda. Cruje la estructura y una leve capa de polvo vuela hacia el suelo. Imagino las cucarachas atemorizadas en sus nidos. Pensarán que ha llegado el holocausto: luz en lugar de fuego, el fin de la oscuridad y del silencio donde progresan sus huestes traqueadas.

Volver para recuperar el hilo de la propia historia. Regresar al país, a la ciudad, al barrio, a la calle, a la casa, al piso, a la habitación. Son las cuentas de un rosario tan manoseado que ya no se distinguen las protuberancias. Se gastan los recuerdos como se gasta el pavimento, de tanto transitarlos. Pero no medra el olvido.

Volver para empezar a partir. Porque desde cualquier otro sitio que no sea la habitación del tercer piso de la segunda casa a la izquierda de la calle que sube desde la catedral en el barrio antiguo de una ciudad ajada en un país encanecido, desde cualquier otro sitio —lo sé— no es posible dar el gran salto y partir con la ligereza y el convencimiento que requiere la misión: surcar la eternidad de parte a parte hasta encontrar el árbol temblón de los días pares. Hasta encontrar la ficha que le falta a mi equipo.

Cuando cierro los ojos, la catedral sigue ahí. Las campanas comienzan a tañer y las cucarachas me invitan a bailar un tango al dos por cuatro: el ruido es siempre mucho y la prenda soledad.

© Arturo Ledrado 2020

Eduard Limónov. Foto de Dmitry Rozhkov, 2018
Eduard Limonov (2018) by Dmitry Rozhkov CC BY-SA 4.0
https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Eduard_Limonov

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Letras, Obra gráfica

Aute de noche, con nocturnidad y calevosía

En 1995, el editor y escritor Luis Felipe Comendador me propuso ilustrar tres poemas de Luis Eduardo Aute, con la idea de publicar los textos y los dibujos en una nueva entrega de la colección de hojas de poesía El árbol espiral. Los poemas de Aute eran, al mismo tiempo, las letras de algunas canciones que el cantautor escribió para su álbum Alevosía, publicado ese mismo año, y que no tuvieron cabida en la edición final del disco. Así surgió esta publicación, hace ya nueve mil ciento y treinta días —veinticinco años— que han tenido, como manda la tradición y las buenas costumbres, sus correspondientes noches. Como hoy mismo, al día le sucederá la noche:

Aquí está, de nuevo aquí,
recusadora y amenazante,
la noche,
con nocturnidad
y calevosía.

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Forma y volumen, Letras

El insecto Samsa cruza la ciudad vieja

Completada la metamorfosis, la oruga desaparece y para cerrar el ciclo surge el insecto adulto. Exoesqueleto, élitros y alas, mandíbulas preparadas para cortar casi cualquier material, ojos compuestos, largas antenas, tres pares de patas lobuladas. Parece un escarabajo, tal vez de alguna familia acuática, aunque lo más probable es que sea un híbrido de varias especies. De momento, se ha quedado a unas calles del ayuntamiento y de Staroměstská, el reloj astronómico. En esa zona de Praga, habita Gregor Samsa, quien duerme plácido sin adivinar que cada mañana del resto de su vida se despertará convertido en insecto.

¿Que cómo sé todo esto? Pues lo sé porque, pese a todo, no he perdido la ilusión de ser apache, y cada noche salgo yo también a las calles, con mis tarros de cristal y mis pinzas, buscando esos ojos verdes que, al contemplarlos de cerca, me permiten oír el mar. A veces, Gregor y yo cruzamos nuestros pasos; nos miramos, pero no nos saludamos. Pertenecemos a mundos muy distintos. Él, el insecto Samsa, admite su realidad, sabe que ha completado el ciclo, su metamorfosis. Es manso y complaciente, y se arrastra. Quizá sea feliz. Yo, aún sin un nombre definitivo, no encuentro acomodo en este universo enclaustrado y sin mar. Por eso robo los ojos a quienes a estas alturas de la vida aún piensan que los monstruos no existimos. Pero sí.

©Arturo Ledrado 2020

Libros intervenidos: Arturo Ledrado, 2020. El insecto Samsa cruza la ciudad vieja [cerámica, acrílico y collage sobre edición de La metamorfosis, de Franz Kafka]. 21 x 13 cm. (catálogo VOL-003). Ejemplar único.

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Letras

Charlie Donnelly se volatiliza en la biblioteca

El 27 de febrero de 1937, en los últimos días de combates en el Jarama, el Batallón Lincoln perdió en el Cerro del Pingarrón más de dos tercios de sus efectivos: 127 hombres muertos y 200 heridos. Charlie Donnelly, poeta y activista irlandés, fue uno de aquellos muertos. Tenía 22 años, y había viajado a España a primeros del mes de enero para enrolarse en las Brigadas Internacionales.

Y me quemo, y miro afuera hacia el gris
viento amartillado al día de la fantasía.
(And I fume, and look outside on the grey
Wind hammered to fantasy day.)

Charlie Donnelly, de «En la biblioteca» (In a Library)

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Letras

Dedicatorias, Marta y sus ojos amarantos

Mi Cuaderno de Nueva York dedicado por José Hierro. La preciosa dedicatoria la compartí con Marta, mi hija. Entre otras circunstancias que influyeron en la elección del nombre, Marta se llama así por el poema «Lope. La noche. Marta», del libro Agenda, de José Hierro, publicado en 1991. El poema, escrito en primera persona, presenta a Lope de Vega en el ocaso de su vida compartida con Marta de Nevares Santoyo, la última amante del dramaturgo. En una conversación con Félix Grande, al mencionar que a mi hija le llamaríamos Marta, Félix vaticinó que tendría los ojos de color amaranto. Como el amaranto se refiere preferentemente a las flores rojas de la planta del mismo nombre, cabía la posibilidad de que los ojos de Marta hubieran sido purpúreos. No fue así. Los ojos de Marta son de color variable, según incida en ellos la luz, y generalmente se muestran entre azules y grises. Pero también hay momentos en los que se aprecian tonos verdosos, muy parecidos a los de las hojas del amaranto verde. Así que la predicción de Félix Grande fue acertada.

También Marta de Nevares tenía los ojos verdes. En el último verso de «Lope. La noche. Marta», José Hierro incide en ese hecho y cierra el poema con uno de los versos más bellos de nuestra literatura:

«Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar».

Marta y sus ojos, a veces, amarantos
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Fotografía, Letras

Las escamas de Hierro del otoño

Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.

José Hierro. «Cae el sol» en Libro de las alucinaciones, 1964.

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Fotografía, Letras

Los dioses no existirían sin los hombres, ¿o no?

INVENCIÓN DE DIOS
(DESPUÉS DE LA TORMENTA)

El primer hombre está ahí,
en el miedo irracional a la tormenta,
en la frontera vegetal que se recorta un instante,
en el silencio oscuro que precede al trueno.

Está ahí, inmóvil, hipnotizado por la sierpe
que dibuja nubes sobre el encerado negro.
Ahí, junto a la entrada de su cueva,
el primer hombre contempla absorto el holocausto
del polvo y del silencio.

Aún no lo sabe, pero sus ojos,
mañana,
inventarán un dios azul y a su medida.

©Arturo Ledrado

[poema incluido en el libro Arqueología submarina, Madrid, 2000]

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Letras

Todo es más fácil si olvidaste en casa la cabeza

FÁBULA CON ANIMALES

Ahí detrás, amigo mío, dormita la serpiente.
Ten cuidado. Lleva el arma dispuesta.
Que no te importe manchar de sangre las alfombras.

Apunta. Dispárale a los ojos
una bala certera y después otra y otra y otra.
Actúa y no pienses en el precio.
Siempre saldrá barato destruir a la serpiente.

Anoche vino un hombre cargado de medallas.
Le advertí: el valor, aquí, no sirve para nada.
Mejor si te bebiste todo el vino.
Calienta más la sangre, te da alas.
Mucho mejor si olvidaste en casa la cabeza.

Después, le señalé la puerta. Entra.
Ella siempre está de guardia, esperándote, amigo.
La serpiente es capaz de oler el miedo.
Ahí dentro, tus medallas son un lastre, le dije.

Un día de éstos, si alguien consigue al fin matarla,
recogeré los huesos de los héroes
que osaron enfrentarse a la serpiente
y haré con ellos flautas dulces como el azúcar.

Ahí detrás, amigo mío, se embosca tu serpiente.
Apunta. Dispárale a los ojos una bala.
Mucho mejor si olvidaste en casa la cabeza.

@Arturo Ledrado

[Poema incluido en el libro Arqueología submarina, Madrid, 2000]

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