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Vivencia emocional de un dios romano

Espero que Saturno, padre mío, que desafió la terrible orden de devorarme, no me vea ahora en tan lastimoso trance. Yo que soy el amo y señor de las aguas dulces y saladas; yo que dibujo tormentas y esculpo tempestades; yo que tuve a la gorgona Medusa en mi lecho, ¿cómo es que me arredro en presencia del escorpión? Sé que ningún daño pueden hacerme. La corte de sabios delfines y donosos hipocampos que me acompaña y me venera así lo corrobora. Pero el miedo es una emoción difícil de controlar, incluso siendo inmortal y hermano del todopoderoso Júpiter, mente suprema del panteón.

Más de cuatro semidioses y algunos héroes que me frecuentan admiten en la penumbra confidente que el miedo es parte de su existencia. No un atributo, eso no; pero sí algo inherente a su condición, sea esta cual sea. La diferencia entre ellos y yo estriba en que en mí las emociones son tan solo el preludio de algo más grande, incontrolable y casi siempre doloroso. Tentado estoy de pedirle al gran Júpiter que intervenga y aleje de los mares toda la ralea de escorpiones. Pero entonces, mi hermano descubriría que soy incapaz de mitigar el efecto perturbador de las emociones, y no me seduce reunirme en el inframundo con Plutón el oscuro, mi otro hermano carnal.

Dejaré, pues, que la Providencia obre y a su ritmo decida si los escorpiones continúan su expansión o si deben abandonar las aguas y buscar acomodo en tierra seca. Válgame Saturno, padre mío, pautador del tiempo.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Neptuno [tintas pigmentadas y acuarela sobre papel]. 18 x 5 cm. Colección del autor (0021).

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La suerte de ver volar grullas

En el siglo segundo de nuestra era III. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Lo encontraron medio sumergido en el canal que da acceso a la gran sala inundada. Desde la entrada de la cueva, apenas habrá cincuenta pasos, pero el terreno es resbaladizo. Se aprecian las marcas que dejó al caer. El río no es muy caudaloso en esta época del año, pero la corriente es fuerte. Aunque lo más probable es que ya estuviera muerto cuando lo arrojaron por el talud. Dicen que es cantero, y que viene de una provincia del sur. Hay dos o tres paisanos suyos trabajando en el lienzo que unirá dos grandes tramos de muralla. Dicen también que es habilidoso tallando la piedra, y que los oficiales de aquí y allá lo aprecian: cuando acaban las celebraciones ordenadas por el emperador, enseguida lo envían a otro lado, con cartas de recomendación para los oficiales y maestres de esos otros lados. Es tenaz, y sus paisanos cuentan que le han visto hacer y deshacer el hato con las herramientas siete veces en una misma mañana antes de acomodárselo a la espalda. Las herramientas no han aparecido, ni tampoco otros restos del equipaje que pudiera llevar en el hato. Tan solo arriba del talud, sus ropas, porque antes de tirarlo al río se las quitaron. El hombre era tan delgado que a los bandidos le vendrían demasiado justos sus harapos, por eso los dejaron ahí. También se encontró junto a la entrada de la cueva un jarro pequeño cruzado de lañas, pero aún servible. En el asiento del jarro se podía leer el nombre de su dueño, Zheng, y su oficio, cantero. Los paisanos de Zheng irán mañana al templo para encargar unas plegarias. Ojalá vean volar grullas. Son aves de buen agüero. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). III. La suerte de ver volar grullas]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era III [tinta y acrílico sobre papel]. 17,5 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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Las infinitas cicatrices de un jarro

En el siglo segundo de nuestra era II. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Si mira hacia el norte, al fondo, detrás de al menos tres líneas de cumbres quebradas, puede divisar los perfiles del templo. El templo no es el final del camino, pero es un hito. Le han contado que la pagoda tiene cinco alturas, aunque desde aquí solo se ven cuatro tejadillos y el pináculo de bronce blanco donde se apagan los destellos de la madre Dian Mu. Llegar hasta las puertas tachonadas es una empresa difícil por el marcado desnivel y la ausencia de sombra; y es también una empresa arriesgada, porque en esta región hay cada tarde tormenta y en cada umbría del camino, bandidos. Zheng teme más a los bandidos. Ya le han asaltado otras veces y le han robado todas sus herramientas; no le queda nada que pudiera ser codiciado. Aun así, es posible que los bandidos, si vuelve a toparse con una de sus partidas, le quiten lo poco que le queda: las ropas que viste, un jarro, la vida. La ropa, prácticamente harapos, la usará alguno de los bandidos; un bandido que no sea muy gordo, porque Zheng es enjuto. El jarro, con el trajín del asalto, se hará añicos, y tiene ya tantas junturas que ni el más hábil lañador será capaz de recomponerlo. La vida, bueno, la vida no le gustaría perderla ahora, cuando ya tiene a la vista, si mira hacia el norte, cuatro de las cinco plantas de la pagoda. Anochece. Amenaza la tormenta y hay que buscar refugio. Mañana seguirá su camino hacia el templo que no es el final: es un hito. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). II. Las infinitas cicatrices de un jarro]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era II [tinta y acrílico sobre papel]. 17,5 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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La soportable gravedad de las piedras

En el siglo segundo de nuestra era I. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Hacía ya varios meses de las celebraciones ordenadas por los enviados del emperador. La mañana que siguió a la última noche de fiesta, Zheng lio el hato. Tuvo que hacerlo hasta siete veces. Sus manos llenas de cicatrices y su cabeza aún embotada no lograban colocar los utensilios de manera que no le lacerasen la espalda. El lienzo de muralla de tres li de longitud y dos chi de anchura era sólido, sin duda, y la doble hilera de almenas ayudaba a reforzar la idea de bastión inexpugnable. Pero esas palabras —lienzo, bastión, inexpugnable— nada significaban para Zheng. Él solo sabía labrar las piedras que, una tras otra, iban encaramándose sobre los cimientos hasta formar una pared. Tampoco el término muralla le decía mucho. Al norte y al sur de la pared, la vegetación irrumpía con el mismo vigor de siempre. Así que la muralla, al menos a los ojos de Zheng, no era más que una obra de sillería perdida en mitad del gran bosque. Pero ahora, después de tantas jornadas de camino, no quedaba rastro del bosque y otra pared, muy parecida a la que él había levantado, se extendía por colinas y cañadas hasta perderse en el horizonte. Tres grullas volaban hacía él. Hoy tendré suerte, pensó Zheng en voz alta. Hizo una reverencia a las aves de buen agüero y continuó la marcha. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). I. La soportable gravedad de las piedras]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era I [tinta y acrílico sobre papel]. 17 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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La música y la felicidad de las gallinas

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

Cuentan que en las Tierras Altas hay extensas parcelas bien señalizadas, valladas y vigiladas donde centenares, miles de gallinas ponedoras escuchan los Seis momentos musicales de Franz Schubert al menos seiscientas sesenta y seis veces cada mes, excepto en febrero y su contingente vigésimo noveno día. En ese mes tan corto y antisistema, la felicidad de las gallinas se logra programando de orto a ocaso la Sonata número 14 de Beethoven, esa que es Quasi una fantasia. Las gallinas son pájaros de facultades limitadas, así que para ellas el calendario gregoriano es una entelequia. Quizá para compensar la falta de seso, las gallinas de las Tierras Altas son melómanas; y felices. Como todo el mundo debería saber, amar la música y ser feliz son dos estados espirituales que mejoran la constitución corpórea. Por eso, las gallinas melómanas y felices de las Tierras Altas son capaces de producir óvulos con una frecuencia inusitada, y también pueden dilatar sus vías para que circulen por ellas huevos de mayor tamaño. La relación entre el fenómeno música y el fenómeno huevo, por otra parte, no deja de ser sino otro eslabón de la cadena que Engels definió como interacción universal. Así que, probablemente, las gallinas de las Tierras Altas también serán comunistas o están en camino de serlo. De los prolegómenos de esta historia, habría que contar que antes de decidirse por Schubert y Beethoven los ideólogos del sistema probaron con zarzuelas, pero los huevos salían revueltos; y el mayor fracaso fue programar la Obertura 1812, de Tchaikovsky, porque las gallinas se revolvían contra sus cuidadores y les picoteaban las pantorrillas.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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La isla del Pájaro y otros seres levitantes

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

Sobre Manhattan, a unos mil doscientos metros por encima del East Village, levita la Isla del Pájaro, llamada así porque sus contornos y su orografía recuerdan las formas y volúmenes de un mirlo acuático o de una chova piquirroja. Se sabe que en la isla hay otros seres que, pese a estar condenados por un antiguo dios oriental y unas manzanas a arrastrar su cuerpo por el suelo, son al mismo tiempo seres levitantes. Estos bichos que en algunas culturas son serpientes, en otras son culebras y en las sociedades más evolucionadas son ofidios, forman un todo con la isla, y han recorrido tantas veces sus costas como para excavar un profundo foso que en algunas zonas, si el día está despejado, deja entrever las tiendas de Marks Place y Tompkins Square. Del archipiélago de las Tres Flores, próximo a la isla del Pájaro, aún no se escribió ni una sola línea.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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Cuatro escaleras y una tormenta de arena

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

Sales de casa. Subes una, dos, tres, cuatro escaleras y te encuentras una tormenta de arena. Antes, cuando la Tierra era mucho más pequeña y los mares y océanos acababan abruptamente en el borde de insondables precipicios, las tormentas venían del Este. Como las religiones y las promesas de vida eterna. Pero en el Este ya no quedan arenas ni se forman vientos amenazantes; ni siquiera tenemos noticia de profetas que anuncien la encarnación de un nuevo mesías. Ahora, cuando la opinión mayoritaria concede que la Tierra es redonda, las tormentas han cambiado su curso y vienen todas del Sur. Las autoridades lo niegan sin mucho ahínco; predican que, lo veremos, alguna tormenta llegará por el Este o por el Oeste. Pero la verdad es que siempre hay tormentas engendradas en el Sur amenazando con cubrir el Norte. Mientras el viento sople, cuando miremos hacia el Sur, no habrá más horizonte que esas nubes acres que transportan minúsculos granos de sílice, o feldespato, o hierro, o caliza en suspensión. Polvo de estrellas.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2017. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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