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Vivencia emocional de un dios romano

Espero que Saturno, padre mío, que desafió la terrible orden de devorarme, no me vea ahora en tan lastimoso trance. Yo que soy el amo y señor de las aguas dulces y saladas; yo que dibujo tormentas y esculpo tempestades; yo que tuve a la gorgona Medusa en mi lecho, ¿cómo es que me arredro en presencia del escorpión? Sé que ningún daño pueden hacerme. La corte de sabios delfines y donosos hipocampos que me acompaña y me venera así lo corrobora. Pero el miedo es una emoción difícil de controlar, incluso siendo inmortal y hermano del todopoderoso Júpiter, mente suprema del panteón.

Más de cuatro semidioses y algunos héroes que me frecuentan admiten en la penumbra confidente que el miedo es parte de su existencia. No un atributo, eso no; pero sí algo inherente a su condición, sea esta cual sea. La diferencia entre ellos y yo estriba en que en mí las emociones son tan solo el preludio de algo más grande, incontrolable y casi siempre doloroso. Tentado estoy de pedirle al gran Júpiter que intervenga y aleje de los mares toda la ralea de escorpiones. Pero entonces, mi hermano descubriría que soy incapaz de mitigar el efecto perturbador de las emociones, y no me seduce reunirme en el inframundo con Plutón el oscuro, mi otro hermano carnal.

Dejaré, pues, que la Providencia obre y a su ritmo decida si los escorpiones continúan su expansión o si deben abandonar las aguas y buscar acomodo en tierra seca. Válgame Saturno, padre mío, pautador del tiempo.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Neptuno [tintas pigmentadas y acuarela sobre papel]. 18 x 5 cm. Colección del autor (0021).

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Los elementos opuestos de Parménides

Tercera entrega de la serie Real Estate: la catedral. Edificio imponente que se eleva por encima de las demás construcciones de su entorno, salvo nueva redacción o modificación del vigente Plan General de Ordenación Urbana. Catedral como ejercicio de verticalidad; una verticalidad rotunda; una obra de manos que podría atribuirse a los poetas clásicos, aquellos que en Grecia y en Roma eran, no solo por etimología, hacedores, constructores y legisladores. Después, el oficio de poeta quedó limitado a tejer versos con palabras, acentos y silencios. Es un oficio honorable el de poeta, pero no sirve para erigir catedrales, porque la poesía es levedad y la catedral es peso y… Hemos llegado a la contradicción, al juego de los opuestos. La catedral debería salvar, debería otorgar el don de la levedad a quien pisa los umbrales y se aposenta en sus capillas; pero no es así. «La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra», escribió Milan Kundera en La insoportable levedad del ser. Entonces, ¿hemos malgastado nuestro ingenio y nuestra hacienda alimentando el monstruo que nos abatirá cuando intentemos volar? ¿O podremos, llegado el momento, soltar lastre, atravesar los vitrales y subir hasta el cielo del cielo? Quién sabe. Pero mientras, hasta que sea inaplazable resolver la contradicción, seguiremos erigiendo catedrales rotundas, oscuras, graves. Amén.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Catedral [ilustración digital]. 48,3 x 32,9 cm. Colección del autor (27-0011).

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Cubismo estructural entre abscisas y ordenadas

Segunda entrega de la serie Real Estate: una cooperativa de viviendas. El folleto de la inmobiliaria no especifica si para obreras o para reinas. Un paisaje mesetario salpicado de edificios cúbicos ejecutados en cadena, con tres únicas posibles variantes a contratar sobre plano.

  • Variante 1: giro de x grados sobre un eje no visible perpendicular al horizonte del conjunto de muros alzados sobre la cella (espacio interior de forma rectangular / https://dle.rae.es)
  • Variante 2: número de ventanas abiertas a la noche oscura, esa noche que, con total puntualidad, entra al final de cada tarde por la ventana abierta y se encuentra con la negrura interior de cada casa (los temas ¿Dónde anochece antes, dentro o fuera de la casa? y ¿Dónde la oscuridad es más intensa? serán objeto de debate en el punto correspondiente a improperios y aflicciones de la próxima asamblea de cooperativistas).
  • Variante 3: posición en la línea de abscisas del único árbol de cada calle (un ejemplar de frondosa hibridado con un quercus sp. y un ciprés de Arizona) y determinación, conforme a lo previsto en la legislación aplicable, del máximo y común valor sobre el eje de ordenadas.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Cooperativa de viviendas [ilustración digital]. 48,3 x 32,9 cm. Colección del autor (27-0009).

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De nuevos propietarios y juntas de comunidad

El primer proyecto de cierta envergadura que desarrollo en 2019 lleva como título Real Estate, un término inglés que en español se traduce como bienes raíces, y también como inmobiliaria. En Real Estate quiero reunir una serie de dibujos y diseños que tienen en la edificaciones su eje conductor, pero siempre desde un punto de vista distorsionado y onírico, por un lado, y cartesiano y ordenado, por otro. Los bocetos y estudios más antiguos de esta serie se remontan veinte años atrás. Afortunada o desgraciadamente, mientras quede un metro cuadrado de suelo sin edificar habrá personas dispuestas a erigir algo sobre ese terreno, por lo que la temática de la construcción y sus derivados no pasará de moda; o al menos no lo hará hasta 2060.

En su recién publicada Annual Letter, Bill Gates, comentando la necesidad de detener el cambio climático, expone que «as the urban population continues to grow in the coming decades, the world’s building stock is expected to double by 2060, the equivalent of adding another New York City monthly between now and then» (dado que la población urbana continuará creciendo durante las próximas décadas, se espera que el parque de edificios en el mundo se duplique para 2060, lo que equivale a construir una ciudad del tamaño de Nueva York mensualmente desde ahora hasta entonces).

Para inaugurar la serie, el alzado frontal de una torre a la que han llegado nuevos propietarios; más las actas que recogen con prosa esmerada los debates de la quizá haya sido la primera junta de comunidad.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Nuevos propietarios [ilustración digital]. 48,3 x 32,9 cm. Colección del autor (27-0010).

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La suerte de ver volar grullas

En el siglo segundo de nuestra era III. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Lo encontraron medio sumergido en el canal que da acceso a la gran sala inundada. Desde la entrada de la cueva, apenas habrá cincuenta pasos, pero el terreno es resbaladizo. Se aprecian las marcas que dejó al caer. El río no es muy caudaloso en esta época del año, pero la corriente es fuerte. Aunque lo más probable es que ya estuviera muerto cuando lo arrojaron por el talud. Dicen que es cantero, y que viene de una provincia del sur. Hay dos o tres paisanos suyos trabajando en el lienzo que unirá dos grandes tramos de muralla. Dicen también que es habilidoso tallando la piedra, y que los oficiales de aquí y allá lo aprecian: cuando acaban las celebraciones ordenadas por el emperador, enseguida lo envían a otro lado, con cartas de recomendación para los oficiales y maestres de esos otros lados. Es tenaz, y sus paisanos cuentan que le han visto hacer y deshacer el hato con las herramientas siete veces en una misma mañana antes de acomodárselo a la espalda. Las herramientas no han aparecido, ni tampoco otros restos del equipaje que pudiera llevar en el hato. Tan solo arriba del talud, sus ropas, porque antes de tirarlo al río se las quitaron. El hombre era tan delgado que a los bandidos le vendrían demasiado justos sus harapos, por eso los dejaron ahí. También se encontró junto a la entrada de la cueva un jarro pequeño cruzado de lañas, pero aún servible. En el asiento del jarro se podía leer el nombre de su dueño, Zheng, y su oficio, cantero. Los paisanos de Zheng irán mañana al templo para encargar unas plegarias. Ojalá vean volar grullas. Son aves de buen agüero. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). III. La suerte de ver volar grullas]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era III [tinta y acrílico sobre papel]. 17,5 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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Las infinitas cicatrices de un jarro

En el siglo segundo de nuestra era II. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Si mira hacia el norte, al fondo, detrás de al menos tres líneas de cumbres quebradas, puede divisar los perfiles del templo. El templo no es el final del camino, pero es un hito. Le han contado que la pagoda tiene cinco alturas, aunque desde aquí solo se ven cuatro tejadillos y el pináculo de bronce blanco donde se apagan los destellos de la madre Dian Mu. Llegar hasta las puertas tachonadas es una empresa difícil por el marcado desnivel y la ausencia de sombra; y es también una empresa arriesgada, porque en esta región hay cada tarde tormenta y en cada umbría del camino, bandidos. Zheng teme más a los bandidos. Ya le han asaltado otras veces y le han robado todas sus herramientas; no le queda nada que pudiera ser codiciado. Aun así, es posible que los bandidos, si vuelve a toparse con una de sus partidas, le quiten lo poco que le queda: las ropas que viste, un jarro, la vida. La ropa, prácticamente harapos, la usará alguno de los bandidos; un bandido que no sea muy gordo, porque Zheng es enjuto. El jarro, con el trajín del asalto, se hará añicos, y tiene ya tantas junturas que ni el más hábil lañador será capaz de recomponerlo. La vida, bueno, la vida no le gustaría perderla ahora, cuando ya tiene a la vista, si mira hacia el norte, cuatro de las cinco plantas de la pagoda. Anochece. Amenaza la tormenta y hay que buscar refugio. Mañana seguirá su camino hacia el templo que no es el final: es un hito. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). II. Las infinitas cicatrices de un jarro]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era II [tinta y acrílico sobre papel]. 17,5 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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La soportable gravedad de las piedras

En el siglo segundo de nuestra era I. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Hacía ya varios meses de las celebraciones ordenadas por los enviados del emperador. La mañana que siguió a la última noche de fiesta, Zheng lio el hato. Tuvo que hacerlo hasta siete veces. Sus manos llenas de cicatrices y su cabeza aún embotada no lograban colocar los utensilios de manera que no le lacerasen la espalda. El lienzo de muralla de tres li de longitud y dos chi de anchura era sólido, sin duda, y la doble hilera de almenas ayudaba a reforzar la idea de bastión inexpugnable. Pero esas palabras —lienzo, bastión, inexpugnable— nada significaban para Zheng. Él solo sabía labrar las piedras que, una tras otra, iban encaramándose sobre los cimientos hasta formar una pared. Tampoco el término muralla le decía mucho. Al norte y al sur de la pared, la vegetación irrumpía con el mismo vigor de siempre. Así que la muralla, al menos a los ojos de Zheng, no era más que una obra de sillería perdida en mitad del gran bosque. Pero ahora, después de tantas jornadas de camino, no quedaba rastro del bosque y otra pared, muy parecida a la que él había levantado, se extendía por colinas y cañadas hasta perderse en el horizonte. Tres grullas volaban hacía él. Hoy tendré suerte, pensó Zheng en voz alta. Hizo una reverencia a las aves de buen agüero y continuó la marcha. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). I. La soportable gravedad de las piedras]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era I [tinta y acrílico sobre papel]. 17 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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