Letras, Obra gráfica

De un calentador a gas, a la escala de Mohs

A partir del día 2 de noviembre, y hasta finales de ese mes, el Museo de Artes y Tradiciones Populares, MATP, exhibirá mi pieza Yo no plancho más. El museo, gestionado por la Universidad Autónoma de Madrid, está desarrollando el proyecto Nuevas miradas, una propuesta para la promoción y difusión de obras de arte realizadas por artistas contemporáneos, basadas en objetos singulares de la colección del MATP. Alison South y Domingo Huertes comisarían el proyecto.

Mi pieza para Nuevas miradas surge a partir de un calentador de planchas a gas, y termina al otro lado de un código QR que lleva al relato La escala de Mohs, un texto que habla de planchas, que revela algunos secretos del hogar y que mide la resistencia pasiva de los materiales. Al final, como casi siempre, mi propuesta es trasversal, mestiza y narrativa.

Nuevas miradas: Arturo Ledrado, 2021. Yo no plancho más [carbón, tinta, acrílico y collage sobre papeles hechos a mano]. 78 x 58 cm.

La escala de Mohs, texto original de Arturo Ledrado, premiado en la VII edición del Concurso de relato corto Frida Kahlo.

Museo de Artes y Tradiciones Populares. Centro Cultural La Corrala. Universidad Autónoma de Madrid. Calle Carlos Arniches, 3 y 5, Madrid. Horario: lunes a viernes de 10:00 a 20:00 horas; sábados de 10:00 a 14:00 horas.

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Letras, Obra gráfica

La escala de Mohs [#yonoplanchomas]

El trajín de los chiquillos se percibe a través de la medianería exenta de cámaras que amortigüen el rumor de sus voces y carreras. Pugnan los pequeños por asimilar la confusión de una mañana de Reyes ceñida de papeles estampados, bulliciosa victoria sobre el tedio y subversión de la costumbre de alcanzar el baño y la cocina en silencio, sin más acicate que un apresuramiento dirigido a golpes de imperativo, esa letanía sin concesiones inseparable del color gris de los días comunes.

Él se ha sentado a la mesa, sin saludos, quién sabe si arrepentido.  

—¿Has abierto mis regalos? ¿Te gustan? Dime.

Amalia gira el mando hasta estrangular totalmente el paso del gas y retira la cafetera. Sus abuelas, recuerda, solían rezar un avemaría, y la infusión alcanzaba su punto idóneo de reposo con la palabra amén.

—Así sea. Ruega por nosotros.

Se le ha escapado la fórmula votiva arropada con un suspiro largo.

Alcanza dos tazones del estante cimero del armario y saca del cajón las cucharillas y un cuchillo de punta roma. Dispone la vajilla con mimo, atusando con las manos las apenas perceptibles irregularidades que atentan contra el lustre del mantel. 

—¿No me escuchas, Amalia? ¿Te han gustado los regalos? Habla, mujer, que parece que hayas perdido todas las ilusiones.

—Sí, me gustan mucho. Son bonitos.

Hace frío en la casa. Un frío húmedo que emana de las paredes y taladra los huesos. Aún no son las diez, es día festivo y no hay portero, así que tampoco hay calefacción, un tributo al ahorro de los gastos de la comunidad, y los hijos de los vecinos parecen dispuestos a tirar abajo los tabiques. Tal vez los Magos de Oriente les han traído en las alforjas de sus camellos una variedad de herramienta suficiente para la demolición del edificio: mazos, piquetas y cinceles.  

—Y, si tanto te han gustado, ¿por qué no llevas puesta la bata nueva? Es de tu talla, ¿verdad? Siempre me confundo entre la treinta y ocho y la cuarenta —dibuja los números sobre el hule, con la uña de su índice—. ¿Acerté?

Amalia hace un esfuerzo por ubicar la bata. Sin duda estará allí, donde ella la dejó, sobre el reposapiés tapizado con cretona estampada a juego con los sofás, al lado de la desmejorada imitación china de un abeto del que penden algunas bolas y lazos dorados.

—No me he puesto la bata porque no me gustaría mancharla el primer día, pero me la he probado y me queda muy bien. Es la cuarenta. Ésa es mi talla.

Amalia miente. Cierto es que lo intentó, mas no pudo completar el movimiento y tuvo que reprimir un grito. El brazo izquierdo le duele, le duele muchísimo, y cuando lo forzó para enhebrarlo en la manga de la prenda se quedó sin respiración y sus ojos se anegaron. Lágrimas por el dolor. También por el otro dolor, por la vergüenza que siente ante su propia cobardía y por saber que ayer se acostó vestida, con su bata de siempre encima del pijama, y que él, ya de madrugada, se deslizó bajo las mantas buscando su calor. Sin preguntas y sin disculpas.



La tarrina de mantequilla está prácticamente vacía. Amalia no logra discernir si ayer compró otra o si se limitó a añadir una línea más a la lista sujeta con imanes sobre la puerta del frigorífico. Además del brazo, también le duele la cabeza. En un rincón de la encimera hay dos bolsas de plástico. Quizá ahí esté la mantequilla, o quizá no. Tal vez debería comprobarlo, escrutar el contenido de las bolsas serigrafiadas, compararlo con su lista y tachar las partidas que ya no son necesarias. Anotar lo pendiente y borrar lo innecesario. Empezando por la letra a, y después la be, así hasta llegar a la zeta y, entonces, regresar al principio con la satisfacción del deber cumplido, con una lista plagada de tachaduras y apenas tres o cuatro asuntos pendientes: respirar, romper todos los espejos de la casa, vivir.

—¿Y la plancha? Dime, ¿qué te ha parecido la plancha?

—Pues, ¿qué me va a parecer? También es muy bonita. Gracias por todo.

Amalia llena con café los dos tazones, hasta la mitad más o menos, y, luego, añade leche fría y azúcar. Dos terrones para él. Uno para ella.

—Ésa no es la respuesta que yo esperaba, Amalia. Seguro que ni has hojeado la documentación —enarca las cejas y enlaza las manos delante de su cara, ensayando un mohín que pretende ser un gesto de simpatía—. Anda, tráela y la repasamos los dos juntos. Pero antes, explícame por qué no hay roscón.

Él pregunta por el roscón. ¿Acaso no ve que sobre el mantel hay una caja de galletas surtidas? La misma caja que empezaron a consumir hace cinco días. La caja que lleva ahí, sobre la mesa auxiliar, más de cien horas. Una caja de galletas no es un roscón, y puede quedarse años contemplándola con esa mirada que pretende ser irónica mas no pasa de estúpida, porque jamás la caja será un roscón, no hay transmutación ni milagro que convierta el metal en un bollo adornado con frutas escarchadas y azúcar. ¡Y aún se atreve a preguntar por el roscón! Como si no supiera lo que pasó ayer o como si ya lo hubiese sepultado bajo una gruesa capa de arena. Santo entierro. Pero Amalia sabe que él no olvida las cosas, no; lo almacena todo en su cabeza, en desorden quizá, una mezcla de temores y recelos cocinándose a fuego lento, acumulando gases y vapores, siempre a punto de explotar. Conoce bien el proceso y sufre las consecuencias. ¿Quién olvidó el roscón? ¿Quién levantó la mano? ¿Para quién el dolor? 

El folleto de instrucciones presenta a los consumidores las características y cualidades del electrodoméstico en cinco o seis idiomas. Es un librito no muy voluminoso, grapado a caballete, con algunos dibujos al principio y un croquis de despiece que remite a una lista numerada de componentes. El dieciséis: recubrimiento exterior de fluoropolímero. Amalia nunca ha oído esa palabra. Él la repite varias veces, cambiando de lugar el acento:

—Fluoropolímeros, fluoropolimeros, fluoropolimerós.

Se le enredan las sílabas en la lengua, como a los niños cuando están empezando a leer y, de repente, descubren una combinación de letras distinta a las que ya han memorizado.

­­—Foluropolímeros, folipolímeros, polimerofolios.

Amalia pregunta si le apetece más café. Él niega con la cabeza, sin apartar los ojos del librito.

—Recoge esto, Amalia. ¡Mira que no comprar el roscón! Son ganas de fastidiar, mujer. Ni el día de Reyes podemos comportarnos como todo el mundo. ¡A la mierda las galletitas! —golpea con su puño el envase metálico, hundiéndole la tapa—. ¡A la mierda los daneses y sus mantequillas rancias!

El fregadero está atascado. Algunos restos de comida taponan la rejilla del desagüe. Serán los restos de su cena, la de él, porque Amalia, anoche, no probó bocado. Junto a la pila hay una cacerola azul con un resto de judías con patatas, ajos y tomate. El aspecto de la verdura ya no resulta apetitoso. Se le olvidó guardar la cacerola en el frigorífico. Tampoco se acordó de comprar mantequilla, ¿o sí lo hizo? Está segura de haberlo anotado en la lista de la compra. ¿Debajo del roscón? No; en todo caso, encima, porque la eme viene antes de la erre. Sonríe, e instintivamente se protege los labios con la mano. Este gesto le recuerda que hubo otros olvidos, que anoche no grito ¡Basta!, a pesar de sus planes, a pesar de la determinación de acabar ya, de enfrentarse a él y detener esta locura. Tuvo miedo de que la válvula se abriese aún con más violencia y recurrió, como en tantas ocasiones, al ejercicio de la pasividad, humillando la cabeza y mordiéndose los labios. Rogó que las palabras fuesen todo el castigo, pero, y lo adivinó antes de que llegaran los golpes, la secuencia encadenó los mismos planos de siempre. Ella es como esa lata de galletas que acaba de guardar en el armario alto. Cada vez se siente más vacía y los golpes la han deformado tanto que ahora es imposible encajar la tapa, y lo de dentro, el contenido, se ha vuelto rancio al contacto con el aire. Respirar, romper los espejos, vivir.

—Deja eso ahora y siéntate a mi lado, mujer. Ven y te explico cómo funciona este cacharro.

Amalia obedece y retorna a la mesa secándose las manos en los costados de la bata.

«La plancha proporciona a la ama de casa una alta resistencia al rayado». El fabricante parece orgulloso de su producto «vanguardista, hecho para satisfacer las demandantes expectativas de la mujer actual».

—Me ha costado muy cara, no te creas, pero seguro que merece la pena.

Él improvisa un conato de caricia, pero su mano se detiene antes de rozar la mejilla de Amalia.

—Dice aquí que incluso se pueden planchar prendas que lleven botones metálicos, ¿eh? Ya no tenemos excusa para dejar de lucir el uniforme, Amalia. Las rayas impecables, en las mangas y en las perneras. ¿Qué te parece?

Amalia atiende a las explicaciones de su marido. La plancha, al parecer, le proporcionará una alta resistencia al rayado y colmará sus expectativas. Todo esto, por supuesto, sólo ocurrirá en el caso de que ella se considere una mujer actual, una mujer capaz de exponer sus demandas y, aún más lejos, de buscar los medios para satisfacerlas. Podría hacer otra lista y colocarla junto a la de la compra, en la puerta del frigorífico, y relacionar sus peticiones, empezando por la erre de respirar, aunque esto no sea una demanda sino una necesidad vital, el colofón de un avemaría ajustado a su insoportable realidad.

De algún rincón de su memoria más antigua surge como una iluminación el diagrama de la escala de dureza de los minerales, La escala de Mohs. Del talco al diamante, diez categorías estratificadas de menor a mayor. Del más débil al más fuerte. El cuarzo es capaz de rayar al vidrio común, y un diamante sólo puede ser rayado por otro diamante. ¿A qué altura de la escala se encuentra ella? ¿Cuál puede ser su índice de dureza? ¿De qué están hechos los fluoropolímeros?

Él se ha levantado y se dirige al cuarto de baño. Silba y aprieta en el puño el folleto de instrucciones. Sobre la mesa, la plancha fuera de su caja, y los protectores de corcho blanco, y el cable y el resto de accesorios aún en sus bolsas.            

Hace frío.

Cuando se despertó, él ya se había marchado. Fue al intentar levantarse cuando sintió la punzada en el brazo, unos centímetros por encima del codo. También le dolía la cabeza. Se palpó la cara con las dos manos, despacio, desde la frente al mentón, intentando detectar alguna irregularidad. 

El peor de los golpes siempre es el primero, porque les abre la puerta a los demás. Una gota, y después el aguacero. Y con los golpes, las palabras malas, hilvanadas en retahílas que a fuerza de repetirse pierden cualquier significado. Aun así, duele su volumen. (El aguacero.) La tapadera ya no encaja en su sitio. (El aguacero.) Ruega por nosotros Santa Madre de Dios. (La calma.) Un portazo y unos pasos apresurados descendiendo hacia la calle.

Con gran esfuerzo, pero aún sin llorar, logró ponerse en pie. Aunque se arregló un poco la ropa y el cabello, el espejo oval de la cómoda insistía en devolverle una imagen no por conocida admisible, tan frecuente ahora como inusitada antes. Ofreció sus perfiles, y el espejo le devolvió las réplicas correspondientes. Vivir de costado es como vivir de rodillas, un mal simulacro, la opción de los mansos, los bienaventurados mansos que jamás heredarán reino alguno.

Poco a poco se fue inclinando hasta apoyar la frente contra el vidrio, hasta fundirse con la imagen. Notó la humedad entre las piernas, el tufo de los orines liberados inconscientemente. Entonces, se desmoronó. 

Entonces, el llanto.

En el bolsillo de la bata, de su bata de siempre, Amalia guarda un paquetito. Contiene unos gemelos de plata con las iniciales NYFD grabadas sobre la silueta de un perro.

Keep back 200 feet.

No siempre es posible mantener la distancia de seguridad. Sabe que a él le encantan estos detalles. Era su oficio. A miles de kilómetros de Manhattan, pero era su oficio, y también su pasión. Tuvo que jubilarse después del accidente, pero desde que recuperó la movilidad es raro el día en que no se acerca a saludar a los antiguos compañeros. Aún forman una piña y se nota lo mucho que aprecian al sargento, su alias en el cuartel. El recuerdo de sus años en activo, de su capacidad innata para trabajar en equipo, de su valentía mesurada y responsable, justo hasta el límite que separa la temeridad de la experiencia. Todos saben que él jamás volverá a vestir el uniforme, pero continuamente fantasean con su regreso y se maravillan de su buen aspecto, apenas, aseguran, se le nota la cojera. ¡Quién sabe! Quizá algunos meses más de rehabilitación y el sargento volverá a ocupar su puesto. Incluso, le dicen, han aplazado la liguilla de frontón, Porque el juego no sería lo mismo sin tu concurso.

La pensión de invalidez que recibe del estado les permite vivir sin demasiados agobios. Además, Amalia aporta el dinero que le pagan por las traducciones. Es un trabajo esporádico, a través de una antigua compañera de la facultad, una labor correosa a veces, mal pagada siempre, porque ella se esfuerza no sólo en traducir sino también en darle sentido a las frases, y eso no figura en la tarifa. Un tanto por palabra, un poco más si el documento incluye vocabulario técnico. Amalia nunca habría traducido: «la plancha proporciona a la ama de casa una alta resistencia al rayado». Con semejante redacción, la frase resulta engañosa. Ninguna plancha ha sido fabricada para proteger a las amas de casa. Y menos que a nadie, a ella, que seguramente ocupa uno de los escalones inferiores de la escala de Mohs. Tal vez por eso resulta tan sencillo herirla; es como si ella fuera de yeso, el mineral número dos que se raya con la uña. ¿Y él? ¿Hasta qué punto es resistente? ¿Más que los fluoropolímeros? Él se rompió una vez. Y lo superó. Pero quedaron secuelas: el dolor del brazo, el dolor de cabeza, la imagen que le devuelve el espejo oval de la cómoda, demasiado frecuente.

Efectivamente, fue él quien sufrió el accidente, pero es Amalia quien no ha conseguido recuperarse del todo.

Y ahora la plancha, con su «sistema antiadherente tricapa con mayor resistencia al rayado», una patente europea para un electrodoméstico fabricado en China.

Scratch guard.

Rasguños. A salvo de rasguños.

Le costó mucho trabajo pelar las patatas. No sólo por el dolor de su brazo izquierdo, pero también por eso. Había trazado un plan. La vez anterior, después del espejo y del llanto, reflexionó como nunca lo hiciera, analizando su situación desde todos los ángulos accesibles. Ella aún era joven, poseía un título, podría empezar de nuevo, lejos de él, otra vida más amable, como antes del accidente, como antes de encadenar derrota tras derrota y descender a los infiernos. Como cuando eran dos y a ninguno le importaba ser diferente. Mejor así, coincidir en todo sería aburridísimo, solían comentar. Yo, él, soy la roca y tú, ella, eres la brisa del mar. Poesía improvisada después del amor, aún enlazados sus cuerpos. 

Empezar de nuevo, pero esta vez sin él. Sin este intruso que se ha colado en la casa para suplantar a su marido. Porque aquél no superó el accidente. Murió allí, en una carretera secundaria, en una curva sin aparente peligro. Nadie parece darse cuenta, pero es así, ya no cabe duda, y las cosas no van a cambiar, irán a peor, porque el intruso es dueño de un cuerpo gaseoso y expansivo que pretende ocupar todos los espacios y asfixiarla poco a poco. Respirar.

¿Por qué han llegado a estos extremos? Es algo que no consigue entender. Considerados por separado, los fragmentos de su cotidianeidad no justifican que la enfermedad sea tan profunda. Mas los efectos están ahí, en forma de moratones y arañazos, pero ¿y las causas? ¿Cuándo se apagó la luz? El intruso llegó directamente desde el hospital, con las muletas y una mirada esquiva como único equipaje, pero ¿en qué momento desapareció también ella? ¿Cuándo llegó la mujer del espejo para sustituirla? Primero fue el silencio, un muro que fue ganando altura día a día.

—Ya se me pasará, Amalia, ten paciencia y ayúdame.

Después de rehogar las judías con el tomate y el ajo, se acostó, vestida y sin asearse, antes de que él regresara pidiéndole una comprensión más allá de lo soportable. Como siempre después.

—Amalia, ¿duermes?

El flotador de la cisterna se averió hace un par de días. La esfera de corcho no se eleva y, por eso, la válvula ha dejado de ejercer su función. Es preciso cerrar la llave de paso después de cada llenado, para que el agua no rebose y se vierta. El riesgo de inundación es evidente; bastaría un pequeño olvido, el sobresalto de un timbrazo a deshora, o la convocatoria siempre sorpresiva del teléfono; unos minutos y el conflicto con los vecinos estallará. Habrá que buscar las pólizas del seguro, pedir excusas, arreglar los daños propios y también los ajenos. Otro término en la insoluble ecuación de sus desencuentros.  

—Esta tarde me toca bricolaje.

Parece de buen humor, aunque no haya roscón ni mantequilla.

—¿Te apetece que salgamos a comer fuera? Cerca del cuartel han abierto un asador. ¿Qué contestas? ¿Un churrasco y una botellita de vino?

Amalia continúa sentada a la mesa. Ha devuelto el material de embalaje y los accesorios a la caja, pero no así la plancha, varada en posición vertical sobre su apoyo trasero. Ahora sus dedos resbalan por la lámina protectora antiadherente. Una y otra vez, arriba y abajo, a favor y en contra. Intenta arañar el recubrimiento, pero el fluoropolímero resiste los embates de la queratina.

—Yo lo situaría por encima del cinco, ¿y tú?

—¿Cómo dices, Amalia?

—El antiadherente. Digo, que yo pienso que su dureza es superior al grado cinco, el de la apatita, el de los dientes de los dinosaurios.

El reloj de pared marca las diez y media. Amalia detiene por fin el recorrido de sus dedos y observa con atención los resultados de la prueba. Ni rastro de arañazos. Ella es de yeso, o puede que incluso sea de talco, lo más bajo en la escala. De repente, se da cuenta de que aún no ha correspondido con sus regalos. Extrae del bolsillo de la bata vieja el pequeño estuche envuelto en papel charol.

—¿Sabes? Yo también tengo un regalo para ti, y casi lo olvido. Es una tontería, ya me conoces. Tómalo.

El paquete con los gemelos se desliza sobre la mesa, se mantiene unos segundos en equilibrio sobre el filo y, finalmente, cae al suelo. Él trata de alcanzarlo. Como no puede doblar la pierna, se abre a la par que se inclina, la mano derecha buscando apoyo en la mesa, el pie izquierdo cada vez más alejado. 

—Deja, puedo yo solo. No quiero que me ayudes, no soy un inválido.

Pero Amalia no se ha levantado con la intención de ayudarlo, y cuando a él se le enciende una luz dentro de la cabeza y adivina lo que va a suceder, ya es demasiado tarde.

Keep back 200 feet.

Dolor para combatir al dolor.

«Nuestros productos marcan la diferencia en la vida de las personas en más de sesenta países». El folleto de instrucciones, pese a su defectuosa traducción, no engaña en lo fundamental. La diferencia es manifiesta: sus vidas ya no serán como antes. Ni como cuando eran dos.   

Amalia se contempla en el espejo de la cómoda y, por primera vez en mucho tiempo, la mujer que siempre llora y huele a orines no está ahí. Vuelve a ser ella, la brisa que, rodeando los farallones, sopla desde mar abierto hacia la costa, ella, enfundada en la bata que los Reyes Magos de Oriente le han dejado junto al árbol. Antes de ponérsela, se desnudó y ha pasado por la ducha. Después, con la ayuda de las tijeras, le ha cortado las mangas a la bata. Así es más fácil. 

En la cocina, él se agarra con fuerza los dedos de la mano derecha, o lo que queda de ellos. El golpe seco, asestado con el filo de la plancha, le ha quebrado varias falanges y por las heridas abiertas fluye la sangre.

Bricolaje quirúrgico de partes seccionadas. Cubo y fregona antes de que los líquidos encuentren las porosidades del forjado y publiquen, en el techo de los vecinos, las variaciones de esta sinfonía: respirar, vivir.

La necesidad de romper los espejos ya no es un ítem en la lista del frigorífico.

A partir de ahora, Amalia, las cosas serán mucho más fáciles.

©Arturo Ledrado 2003-2021

Arturo Ledrado, 2021. Yo no plancho más [carbón, tinta, acrílico y collage sobre papeles hechos a mano]. 78 x 58 cm.

La escala de Mohs, texto original de Arturo Ledrado, premiado en la VII edición del Concurso de relato corto Frida Kahlo.

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Letras

Muy despacio se muere el corazón

En la pared anida 
la tarde oscura. Nada 
visible late, rueda. 
Callan el mar y el campo. 

Muy despacio se mueve 
el corazón, señala 
las horas de la noche. 
Lucen altas estrellas. 

Vive por él un muerto 
que ya no tiene rostro; 
bajo la tierra yace, 
como el vivo, esperando.

Francisco Brines (1932-2021), de El reloj y la muerte, en Palabras a la oscuridad
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Forma y volumen, Letras

Un tigre que acostumbra perder su sombra

En algunos rincones a trasmano de la madrileña Pedriza, es posible observar en días soleados pequeñas manchas violáceas zigzagueando en veredas, sendas y escorrentías sin detenerse nunca. Al parecer, son las sombras errantes de las cicindelas que han perdido el contacto con quienes las proyectaban. Solo cuando las nubes dominan el cielo, o cuando el sol se oculta tras los bloques graníticos, las sombras de las cicindelas obtienen un merecido descanso y se diluyen como el agua en el agua, como el eco en la distancia. En el Abrigo de los Aljibes, hace unos 4000 años, un artista anónimo dibujó varias decenas de figuras antropomorfas y otros signos más confusos. Quizá entre esos trazos purpúreos subsiste atrapada en La Pedriza la sombra de una cicindela añosa.

Cicindela campestris es una de las cuatro especies de escarabajos cicindélidos citados en España. Fue clasificada por el naturalista sueco Carl von Linné en 1758. El género Cicindela, conocido comúnmente como escarabajos tigre, pertenece a la familia Carabidae. Los caminos de tierra y los límites de los campos cultivados son los espacios donde este pequeño depredador de apenas dos centímetros ataca a sus presas. Los escarabajos tigre son unos animales muy veloces que cazan ácaros, arañas y otros insectos. Es difícil verlos porque están en continuo movimiento. Si el tigre felino utiliza el camuflaje como estrategia cinegética, el tigre insecto apuesta por la velocidad, con unos impresionantes registros que equivaldrían en un ser humano a correr los cien metros lisos en menos de un segundo.

Beetles Project: Arturo Ledrado, 2021. Cicindela campestris [pasta de arcillas, pintura acrílica y tintas metalizadas sobre tabla tratada]. 26 x 19 x 5 cm. (catálogo VOL-013). Ejemplar único.

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Y si todo fuera un ir pasando

No es la primera vez que intento plasmar en imágenes el soneto (sin título) de Francisca Aguirre que cerraba el apartado Argumento (Los cantos de la Troyana) del poemario Ensayo general, Ferrol: S. C. Valle-Inclán, 1996. Este libro obtuvo el XV Premio Esquío de Poesía en lengua castellana.

A partir de mi representación de Tanatos, y con el poema de Francisca Aguirre en los oídos, se materializa esta imagen. La osamenta pudiera entrar en la tierra; o tal vez surgir. De momento, se ha detenido en la línea del horizonte. Sus gafas-de-no ver están empañadas.

Arturo Ledrado, 2021. Y si todo fuera, 20 x 20 x 1 cm. Esgrafiado sobre cerámica industrial de pasta roja vidriada, preparada con mezcla de bióxido de manganeso y trementina (VOL-012).

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El perro que ladra en primavera

En abril de 2020, Alexandra Kuhn, artista multidisciplinar venezolana que reside en Madrid, propuso la acción Gota volátil y palabra fija. Esta acción formó parte del proyecto de Espacio Valverde Colección Cerradura. Fabrique su propia obra. Siguiendo el método de Alexandra Kuhn, sobre la hoja de papel dejaron su impronta varias gotas de agua teñida y alguna lágrima. A los pocos días, cayeron las palabras, aleatoriamente, y se fueron conectando entre ellas también aleatoriamente. Después de un año, para cada grupo de palabras he construido un texto. Estos son los resultados.

aire-elemental-fiebre-laberinto

En el laberinto, un aire elemental que trae olores apenas recordados hace que los velos de la fiebre nublen la mirada. La única salida en estas circunstancias es perderse bajo el cielo protector; o buscar la ayuda de un perro lazarillo.

horizonte-reflejo-metal

El horizonte es una línea de metal que separa a los dioses de su reflejo de saldo y ocasión. Algunas veces, los dioses están abajo; otras, están arriba; depende de la época del año y del libro sagrado que se consulte. En todo caso, el reflejo tiene vetada la entrada al paraíso siempre que no sea un pecador contrito.

diluvio-viento

El viento anuncia que el próximo diluvio también caerá en jueves (y no en martes, de aquí a cien meses, como dicen los oráculos). En el arca del comandante Noe, crece el escepticismo, y por imposible que parezca, se comenta que ya hubo algún trio a bordo…

maestro (palabra que se quedó sola)

Quería ser maestro, como aquel otro rabí que caminaba sobre las aguas y pescó en el mar de Tiberíades dos peces con los que dio de comer a cinco mil hombres. Las mujeres, al parecer, ayunaron también ese día. Las redes sociales de la época publicaron los hechos en arameo; en los templos, los justos sacerdotes quitaron importancia al hipotético milagro; el prefecto de Roma pidió una jofaina y se lavó las manos. Él ansiaba ser maestro, pero le daba miedo el agua, odiaba las redes y huía de las personas justas y los extranjeros. Decidió dejarlo para más adelante.

freedom-luna-poesía-conjuro-memory-nada-pirámide-eterno-museo

Lanzar un conjuro atroz bajo la luz de la luna sin desear del todo que se cumpla; hablar de freedom (a gritos, alborotando) y de poesía (a media voz, emocionados) en un local oscuro, poco limpio y mal ventilado; admirar la arquitectura y el volumen de la pirámide aposentado en un sillón de orejas verde cuando ya se aproxima Clitemnestra; reconocer que sin la memory no somos nada (excepto pedantes; con bonus si se cita a Clitemnestra); pensar que llevamos un museo eterno constreñido en la caja craneal sin haber dado la vuelta al envase para ver las fechas de consumo preferente y expiración. Homo sapiens.

female-actualidad

Female es una palabra de total actualidad. Weiblich, femër, sieviete, samica, froulik, babae… No las conocemos, pero también son voces de actualidad en otros universos más o menos cercanos y accesibles. Hay más palabras equivalentes, pero o bien sus caracteres no son reproducibles en los procesadores de textos, o bien provienen de muy lejos y por el camino perdieron su visibilidad. Por eso no figuran en esta entrada del diccionario plurilingüe.

mercurio-sangre

El circuito de sangre roja distribuye el mercurio presente en nuestra dieta mediterránea para que ninguna célula se quede sin su dosis de oro y plata amalgamados. Cuando seamos materia de arqueólogos, se podrá extraer de nuestros restos algo más valioso que unas cuantas notas marginales para una tesis doctoral.

sombras-geometría

La geometría de las sombras depende más de la luz que de las aristas, los ángulos, las facetas y las proporciones de los cuerpos tangibles. Los intangibles subsisten en otro territorio donde las normas de la física no se aplican con tanta rigidez. 

primavera-esperanza

Admitimos que la primavera es una estación de esperanza. Los días crecen, las plantas rebrotan, los animales entran en celo; ya queda menos para el verano, el sudor y las moscas. A los cursis, la primavera nos sirve para declamar la edad del cuerpo amado sin ruborizarnos. A los melómanos, para seguir discutiendo si el perro que ladra en el segundo movimiento de La Primavera es un lagotto romagnolo o un mastín corso. Chissà?

©Arturo Ledrado 2021

Colección Cerradura: Arturo Ledrado, 2020. El perro que ladra en primavera, 30 x 21 cm. Agua teñida, lágrimas, tinta y collage sobre papel a partir de una propuesta de Alexandra Kuhn para Espacio Valverde (0061).

Alexandra Kuhn. Gota volátil y palabra fija. Método de trabajo. 1. Prepara, apartando y teniendo a mano, una hoja de papel y algo que te guste para escribir. 2. Al terminar de lavarte las manos, antes de secártelas, cosecha con cuidado una lágrima, o una gota, dejándola caer delicadamente sobre la hoja. 3. Sécate las manos. Lentamente bordéala, aún fresca, con tu instrumento de escritura. 4. Guárdala, con cuidado. 5. Luego de un día, saca la lagrima-gota que has sembrado. Observa el desarrollo que ha tenido en el tiempo. 6. Toma, lento, un libro que aprecies. Ábrelo y cosecha una palabra, la que te llame, puede ser al azar o a consciencia. 7. Escribe la palabra nueva cerca de la lágrima para que se complementen. 8. Contempla la dinámica entre la lágrima y palabra. Sigue contemplando. Si surge, siéntate y cierra los ojos. Medita. 9. Repite esta acción, usando la misma hoja de papel, hasta que se llene o halles un mensaje.

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El sueño americano y la profundidad del océano

Nueva colaboración para Venecia, el club de lectura de La Casa Encendida. A partir de la lectura de La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, de Mariana Enríquez, y de la revisión de un texto propio de 1998 (La tragedia del Trinity) surge este microrrelato, una historia de encuentros, barcos y —quizá— fantasmas. La ilustración, a la que he titulado A bordo del Trinity (2021), es una obra digital, derivada en un apunte al pastel de 1992 (Retrato en rojo).

En el Atlántico Norte

Juan Saavedra quiso conocer América siendo muy joven. Alegre y optimista, convenció a sus padres de que al otro lado del mar océano la vida sería para él mucho más gratificante. Llenó dos maletas con libros, fotos y cuadernos, y una tercera con su ropa de diario y dos camisas nuevas, preludio de un incipiente ajuar. Así, cargado de bultos e ilusiones, salió del pueblo a mediados del mes de marzo, convencido de que el frio del camino sería el último rigor en mucho tiempo.

El temperamento entusiasta y sociable de Juan tenía su contrapunto en un estado de ánimo cambiante. De haber leído a Kretschmer, el vástago menor de los Saavedra-Fajardo se hubiera autodefinido como ciclotímico. De hecho, su aspecto físico, redondeado, propenso a la acumulación de grasa y con las extremidades demasiado cortas para su volumen general, confirmaba los postulados del psiquiatra alemán. Pero esto, la decisión de cambio radical, sucedía en un apartado lugar del norte de España, seis años antes de que el doctor Kretschmer publicase Der sensitive Beziehungswahn, su primer ensayo, traducible quizá como La manía de las relaciones sensibles.

Dos jornadas antes de llegar a Lisboa, Juan Saavedra se encontró con Dalva Izabel Ferreira. Rubicunda y cálida, confiada y sociable, la muchacha hacía el camino a la capital para embarcar hacia América, donde le esperaban su madre y una hermana. Juan y Dalva tenían pasajes para el mismo paquebote, el Trinity, un vapor de la Salomon, Brooks & Merz, debidamente aparejado para la travesía atlántica.

El Trinity zarpó según lo anunciado, con Dalva y Juan a bordo, y a última hora del 14 de abril, cubierta ya gran parte de su singladura, se encontraba a unas 325 millas náuticas de Terranova. Hasta esa noche, el cuaderno de bitácora no registraba incidencia alguna de importancia.

La prensa de la época recogió que junto al Carpathia y al controvertido Californian, puede que otro barco acudiera a la llamada de socorro del Titanic, y este no sería otro que el Trinity, pero en ningún momento se menciona su nombre. El Titanic se hundió. El Carpathia y el Californian fueron enviados al fondo por submarinos alemanes durante la Gran Guerra. El Trinity, sencillamente, se esfumó en el Atlántico Norte entre el 14 y el 15 de abril de 1912, y Juan y Dalva desaparecieron con el paquebote. Salomon, Brooks & Merz, Shipowners, enviaron telegramas de pésame a las familias de tripulantes y viajeros. El dolor fue persistente para muchas personas.

En 1998, La Taberna de Jack, una columna del semanario local Béjar Información, recuperaba la tragedia del Trinity; y aportaba un nuevo e inquietante detalle. Después de tantos años de silencio, la confirmación de que lo tangible es prueba de lo intangible está guardada en un apartado lugar del norte de España, dentro de una lata de dulce de membrillo calidad selecta.

©Arturo Ledrado 2021

Arturo Ledrado, 2021. A bordo del Trinity, 3543 x 3543 píxeles (30 x 30 cm / resolución 300 píxeles/pulgada). Ilustración digital y collage (0065).

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Forma y volumen, Letras, Obra gráfica

Breviario de golfos, golfines y gánsteres

Gangs of Madrid (v.o. xix Century). Madrid no ha sido, más allá de episodios aislados, una ciudad de gánsteres a la americana; ni tampoco fue reducto de golfines (precedente de los bandoleros que, al igual que ellos, operaban más al sur, entre los Montes de Toledo y Sierra Morena). En la metrópoli, la transición del siglo XIX al XX sí fue un tiempo donde una nueva clase social, la de los golfos, opositó a ser su rasgo distintivo. La Real Academia dice que los gánsteres son los miembros «de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades»; y Menéndez Pidal, en 1900, definía a los golfines como «gente de mal vivir que formaba banda de salteadores». Mis Gangs of Madrid son más humildes y quizá menos sociables; apenas un producto descafeinado del lumpen nacional. La Real Academia despacha al golfo con el calificativo «deshonesto» (¡extensa nómina —entonces y ahora— la de los golfos!), y añade que son también pillos, sinvergüenzas y holgazanes. Bien. Con estos epítetos, puede que se amplíe aún más la lista de los golfos. Pero mis Gangs son, en su versión original, productos del XIX, así que desconecto del presente y regreso al puente entre dos siglos: me gusta más creer que estos tres figuras son unos pícaros que vagabundean por la ciudad vestidos a la moda que dicta La Tijera, con la cuenta del sastre (al que jamás abonarán ni un céntimo) en el bolsillo de la levita y sombrero de copa con sobreático. Si se esfuerzan un poco, igual acaban pateando el Campillo de Gilimón o Las Injurias en alguna novela de Baroja.

Arturo Ledrado, 2021. Gangs of Madrid (v.o. XX Century), 20 x 20 x 1 cm. Esgrafiado sobre cerámica industrial de pasta roja vidriada, preparada con mezcla de bióxido de manganeso y trementina. VOL-009.

Gangs of Madrid (v.o. XIX Century, boceto previo
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Forma y volumen

Cryptocephalus bahilloi, endemismo ibérico

Cryptocephalus bahilloi es una nueva especie endémica del centro de la Península Ibérica, descrita en 2004 por José Ignacio López-Colón a partir de varios ejemplares procedentes de Rivas-Vaciamadrid. Los escarabajos miden entre 3,3 y 4,3 milímetros y pertenecen a la familia Chrysomelidae (crisomélidos). Su hábitat son los territorios yesíferos y salinos, y están asociados a la planta Limonium dicbotomum, otro endemismo del centro peninsular, también conocido como plumero de las salinas o limonio de los yesos. La descripción de Cryptocephalus bahilloi la público López-Colón en el volumen 20(2) de la revista Biocosme Mésogéen. El nombre de la especie es una dedicatoria al entomólogo Pablo Bahillo de la Puebla.

Beetles Project: Arturo Ledrado, 2021. Cryptocephalus bahilloi [pasta de arcillas, pintura acrílica y tintas metalizadas sobre tabla tratada]. 26 x 19 x 5 cm. (catálogo VOL-011). Ejemplar único.

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Letras, Obra gráfica

Doble personalidad (o el sabor de la fruta)

Un microrrelato que escribí en 2001 para un potencial libro. De momento, descansa en el obrador, dentro del cajón etiquetado Intramuros. Hace unos meses, Aurora Guereña me pidió algún relato para un proyecto de ilustración. Sus dos dibujos han captado la esencia de esta historia mínima de naranjas y sueños; de vigilias y paréntesis.

Doble personalidad

Los cristales empañados; la frialdad especular de las baldosas; un colmo de cacharros sucios desbordando el fregadero. Son las cuatro de la madrugada y la ciudad se estrecha y se diluye bajo la menguante luz de un puñado de estrellas.

Gajo a gajo, se come —me como— dos naranjas. Pienso en su suerte —en mi mala suerte—, en lo injusto que resulta este reparto de tiempos. Él ignora la espontaneidad de su estado: no sabe que se levanta sin más y ejecuta acciones sencillas —ni siquiera hemos pelado bien las frutas—. Luego, cuando despierte y esté sólo y, desde mi punto de vista, incompleto, nada recordará .

En esta madrugada, yo le acompaño en su periplo, atento a su relación con el medio que nos rodea; me mantengo prevenido y alerta.

La historia se repite cada noche con parecida intensidad; tan sólo varía la textura, la forma o el sabor de la fruta: hoy, dos naranjas; ayer, un resto de uvas. Mi vigilia dura apenas unos instantes, un escueto paréntesis entre dos fases de su sueño.

Aun así, espero que jamás se deje convencer por quienes con frecuencia le recomiendan que solicite la ayuda de los psicoterapeutas. Una respuesta positiva al tratamiento sería dramática para mí.

© Arturo Ledrado 2001-2021

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