Forma y volumen, Letras, Obra gráfica

Y si todo fuera un ir pasando

No es la primera vez que intento plasmar en imágenes el soneto (sin título) de Francisca Aguirre que cerraba el apartado Argumento (Los cantos de la Troyana) del poemario Ensayo general, Ferrol: S. C. Valle-Inclán, 1996. Este libro obtuvo el XV Premio Esquío de Poesía en lengua castellana.

A partir de mi representación de Tanatos, y con el poema de Francisca Aguirre en los oídos, se materializa esta imagen. La osamenta pudiera entrar en la tierra; o tal vez surgir. De momento, se ha detenido en la línea del horizonte. Sus gafas-de-no ver están empañadas.

Arturo Ledrado, 2021. Y si todo fuera, 20 x 20 x 1 cm. Esgrafiado sobre cerámica industrial de pasta roja vidriada, preparada con mezcla de bióxido de manganeso y trementina (VOL-012).

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Letras, Obra gráfica

El sueño americano y la profundidad del océano

Nueva colaboración para Venecia, el club de lectura de La Casa Encendida. A partir de la lectura de La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, de Mariana Enríquez, y de la revisión de un texto propio de 1998 (La tragedia del Trinity) surge este microrrelato, una historia de encuentros, barcos y —quizá— fantasmas. La ilustración, a la que he titulado A bordo del Trinity (2021), es una obra digital, derivada en un apunte al pastel de 1992 (Retrato en rojo).

En el Atlántico Norte

Juan Saavedra quiso conocer América siendo muy joven. Alegre y optimista, convenció a sus padres de que al otro lado del mar océano la vida sería para él mucho más gratificante. Llenó dos maletas con libros, fotos y cuadernos, y una tercera con su ropa de diario y dos camisas nuevas, preludio de un incipiente ajuar. Así, cargado de bultos e ilusiones, salió del pueblo a mediados del mes de marzo, convencido de que el frio del camino sería el último rigor en mucho tiempo.

El temperamento entusiasta y sociable de Juan tenía su contrapunto en un estado de ánimo cambiante. De haber leído a Kretschmer, el vástago menor de los Saavedra-Fajardo se hubiera autodefinido como ciclotímico. De hecho, su aspecto físico, redondeado, propenso a la acumulación de grasa y con las extremidades demasiado cortas para su volumen general, confirmaba los postulados del psiquiatra alemán. Pero esto, la decisión de cambio radical, sucedía en un apartado lugar del norte de España, seis años antes de que el doctor Kretschmer publicase Der sensitive Beziehungswahn, su primer ensayo, traducible quizá como La manía de las relaciones sensibles.

Dos jornadas antes de llegar a Lisboa, Juan Saavedra se encontró con Dalva Izabel Ferreira. Rubicunda y cálida, confiada y sociable, la muchacha hacía el camino a la capital para embarcar hacia América, donde le esperaban su madre y una hermana. Juan y Dalva tenían pasajes para el mismo paquebote, el Trinity, un vapor de la Salomon, Brooks & Merz, debidamente aparejado para la travesía atlántica.

El Trinity zarpó según lo anunciado, con Dalva y Juan a bordo, y a última hora del 14 de abril, cubierta ya gran parte de su singladura, se encontraba a unas 325 millas náuticas de Terranova. Hasta esa noche, el cuaderno de bitácora no registraba incidencia alguna de importancia.

La prensa de la época recogió que junto al Carpathia y al controvertido Californian, puede que otro barco acudiera a la llamada de socorro del Titanic, y este no sería otro que el Trinity, pero en ningún momento se menciona su nombre. El Titanic se hundió. El Carpathia y el Californian fueron enviados al fondo por submarinos alemanes durante la Gran Guerra. El Trinity, sencillamente, se esfumó en el Atlántico Norte entre el 14 y el 15 de abril de 1912, y Juan y Dalva desaparecieron con el paquebote. Salomon, Brooks & Merz, Shipowners, enviaron telegramas de pésame a las familias de tripulantes y viajeros. El dolor fue persistente para muchas personas.

En 1998, La Taberna de Jack, una columna del semanario local Béjar Información, recuperaba la tragedia del Trinity; y aportaba un nuevo e inquietante detalle. Después de tantos años de silencio, la confirmación de que lo tangible es prueba de lo intangible está guardada en un apartado lugar del norte de España, dentro de una lata de dulce de membrillo calidad selecta.

©Arturo Ledrado 2021

Arturo Ledrado, 2021. A bordo del Trinity, 3543 x 3543 píxeles (30 x 30 cm / resolución 300 píxeles/pulgada). Ilustración digital y collage (0065).

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Forma y volumen, Letras, Obra gráfica

Breviario de golfos, golfines y gánsteres

Gangs of Madrid (v.o. xix Century). Madrid no ha sido, más allá de episodios aislados, una ciudad de gánsteres a la americana; ni tampoco fue reducto de golfines (precedente de los bandoleros que, al igual que ellos, operaban más al sur, entre los Montes de Toledo y Sierra Morena). En la metrópoli, la transición del siglo XIX al XX sí fue un tiempo donde una nueva clase social, la de los golfos, opositó a ser su rasgo distintivo. La Real Academia dice que los gánsteres son los miembros «de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades»; y Menéndez Pidal, en 1900, definía a los golfines como «gente de mal vivir que formaba banda de salteadores». Mis Gangs of Madrid son más humildes y quizá menos sociables; apenas un producto descafeinado del lumpen nacional. La Real Academia despacha al golfo con el calificativo «deshonesto» (¡extensa nómina —entonces y ahora— la de los golfos!), y añade que son también pillos, sinvergüenzas y holgazanes. Bien. Con estos epítetos, puede que se amplíe aún más la lista de los golfos. Pero mis Gangs son, en su versión original, productos del XIX, así que desconecto del presente y regreso al puente entre dos siglos: me gusta más creer que estos tres figuras son unos pícaros que vagabundean por la ciudad vestidos a la moda que dicta La Tijera, con la cuenta del sastre (al que jamás abonarán ni un céntimo) en el bolsillo de la levita y sombrero de copa con sobreático. Si se esfuerzan un poco, igual acaban pateando el Campillo de Gilimón o Las Injurias en alguna novela de Baroja.

Arturo Ledrado, 2021. Gangs of Madrid (v.o. XX Century), 20 x 20 x 1 cm. Esgrafiado sobre cerámica industrial de pasta roja vidriada, preparada con mezcla de bióxido de manganeso y trementina. VOL-009.

Gangs of Madrid (v.o. XIX Century, boceto previo
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Doble personalidad (o el sabor de la fruta)

Un microrrelato que escribí en 2001 para un potencial libro. De momento, descansa en el obrador, dentro del cajón etiquetado Intramuros. Hace unos meses, Aurora Guereña me pidió algún relato para un proyecto de ilustración. Sus dos dibujos han captado la esencia de esta historia mínima de naranjas y sueños; de vigilias y paréntesis.

Doble personalidad

Los cristales empañados; la frialdad especular de las baldosas; un colmo de cacharros sucios desbordando el fregadero. Son las cuatro de la madrugada y la ciudad se estrecha y se diluye bajo la menguante luz de un puñado de estrellas.

Gajo a gajo, se come —me como— dos naranjas. Pienso en su suerte —en mi mala suerte—, en lo injusto que resulta este reparto de tiempos. Él ignora la espontaneidad de su estado: no sabe que se levanta sin más y ejecuta acciones sencillas —ni siquiera hemos pelado bien las frutas—. Luego, cuando despierte y esté sólo y, desde mi punto de vista, incompleto, nada recordará .

En esta madrugada, yo le acompaño en su periplo, atento a su relación con el medio que nos rodea; me mantengo prevenido y alerta.

La historia se repite cada noche con parecida intensidad; tan sólo varía la textura, la forma o el sabor de la fruta: hoy, dos naranjas; ayer, un resto de uvas. Mi vigilia dura apenas unos instantes, un escueto paréntesis entre dos fases de su sueño.

Aun así, espero que jamás se deje convencer por quienes con frecuencia le recomiendan que solicite la ayuda de los psicoterapeutas. Una respuesta positiva al tratamiento sería dramática para mí.

© Arturo Ledrado 2001-2021

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Aute de noche, con nocturnidad y calevosía

En 1995, el editor y escritor Luis Felipe Comendador me propuso ilustrar tres poemas de Luis Eduardo Aute, con la idea de publicar los textos y los dibujos en una nueva entrega de la colección de hojas de poesía El árbol espiral. Los poemas de Aute eran, al mismo tiempo, las letras de algunas canciones que el cantautor escribió para su álbum Alevosía, publicado ese mismo año, y que no tuvieron cabida en la edición final del disco. Así surgió esta publicación, hace ya nueve mil ciento y treinta días —veinticinco años— que han tenido, como manda la tradición y las buenas costumbres, sus correspondientes noches. Como hoy mismo, al día le sucederá la noche:

Aquí está, de nuevo aquí,
recusadora y amenazante,
la noche,
con nocturnidad
y calevosía.

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Apuntes en el Museo de la Molinería de Morata de Tajuña

Prima Littera

El pasado mes de abril, el taller de dibujo y apuntes del natural de Prima Littera se trasladó al municipio madrileño de Morata de Tajuña para visitar del Museo de la molinería. El museo se ubica en el Molino de la Huerta de Angulo, un edificio de principios del siglo XVIII, con añadidos posteriores. Además de dibujar el exterior del molino y su entorno natural, pudimos ver en funcionamiento el sistema hidráulico que mueve las turbinas y las muelas. Fue una deferencia de Ana, anfitriona del museo, a quien agradecemos su recibimiento y explicaciones.

Esta actividad forma parte del programa complementario del taller de dibujo y apuntes del natural con modelos que organiza Prima Littera en la Universidad Popular Municipal de Rivas Vaciamadrid. El programa para el curso 2019-2020 estará cerrado a finales de junio. Si quieres recibir información sobre el taller y sus actividades en el aula y en…

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Vivencia emocional de un dios romano

Espero que Saturno, padre mío, que desafió la terrible orden de devorarme, no me vea ahora en tan lastimoso trance. Yo que soy el amo y señor de las aguas dulces y saladas; yo que dibujo tormentas y esculpo tempestades; yo que tuve a la gorgona Medusa en mi lecho, ¿cómo es que me arredro en presencia del escorpión? Sé que ningún daño pueden hacerme. La corte de sabios delfines y donosos hipocampos que me acompaña y me venera así lo corrobora. Pero el miedo es una emoción difícil de controlar, incluso siendo inmortal y hermano del todopoderoso Júpiter, mente suprema del panteón.

Más de cuatro semidioses y algunos héroes que me frecuentan admiten en la penumbra confidente que el miedo es parte de su existencia. No un atributo, eso no; pero sí algo inherente a su condición, sea esta cual sea. La diferencia entre ellos y yo estriba en que en mí las emociones son tan solo el preludio de algo más grande, incontrolable y casi siempre doloroso. Tentado estoy de pedirle al gran Júpiter que intervenga y aleje de los mares toda la ralea de escorpiones. Pero entonces, mi hermano descubriría que soy incapaz de mitigar el efecto perturbador de las emociones, y no me seduce reunirme en el inframundo con Plutón el oscuro, mi otro hermano carnal.

Dejaré, pues, que la Providencia obre y a su ritmo decida si los escorpiones continúan su expansión o si deben abandonar las aguas y buscar acomodo en tierra seca. Válgame Saturno, padre mío, pautador del tiempo.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Neptuno [tintas pigmentadas y acuarela sobre papel]. 18 x 5 cm. Colección del autor (0021).

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La suerte de ver volar grullas

En el siglo segundo de nuestra era III. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Lo encontraron medio sumergido en el canal que da acceso a la gran sala inundada. Desde la entrada de la cueva, apenas habrá cincuenta pasos, pero el terreno es resbaladizo. Se aprecian las marcas que dejó al caer. El río no es muy caudaloso en esta época del año, pero la corriente es fuerte. Aunque lo más probable es que ya estuviera muerto cuando lo arrojaron por el talud. Dicen que es cantero, y que viene de una provincia del sur. Hay dos o tres paisanos suyos trabajando en el lienzo que unirá dos grandes tramos de muralla. Dicen también que es habilidoso tallando la piedra, y que los oficiales de aquí y allá lo aprecian: cuando acaban las celebraciones ordenadas por el emperador, enseguida lo envían a otro lado, con cartas de recomendación para los oficiales y maestres de esos otros lados. Es tenaz, y sus paisanos cuentan que le han visto hacer y deshacer el hato con las herramientas siete veces en una misma mañana antes de acomodárselo a la espalda. Las herramientas no han aparecido, ni tampoco otros restos del equipaje que pudiera llevar en el hato. Tan solo arriba del talud, sus ropas, porque antes de tirarlo al río se las quitaron. El hombre era tan delgado que a los bandidos le vendrían demasiado justos sus harapos, por eso los dejaron ahí. También se encontró junto a la entrada de la cueva un jarro pequeño cruzado de lañas, pero aún servible. En el asiento del jarro se podía leer el nombre de su dueño, Zheng, y su oficio, cantero. Los paisanos de Zheng irán mañana al templo para encargar unas plegarias. Ojalá vean volar grullas. Son aves de buen agüero. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). III. La suerte de ver volar grullas]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era III [tinta y acrílico sobre papel]. 17,5 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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Las infinitas cicatrices de un jarro

En el siglo segundo de nuestra era II. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Si mira hacia el norte, al fondo, detrás de al menos tres líneas de cumbres quebradas, puede divisar los perfiles del templo. El templo no es el final del camino, pero es un hito. Le han contado que la pagoda tiene cinco alturas, aunque desde aquí solo se ven cuatro tejadillos y el pináculo de bronce blanco donde se apagan los destellos de la madre Dian Mu. Llegar hasta las puertas tachonadas es una empresa difícil por el marcado desnivel y la ausencia de sombra; y es también una empresa arriesgada, porque en esta región hay cada tarde tormenta y en cada umbría del camino, bandidos. Zheng teme más a los bandidos. Ya le han asaltado otras veces y le han robado todas sus herramientas; no le queda nada que pudiera ser codiciado. Aun así, es posible que los bandidos, si vuelve a toparse con una de sus partidas, le quiten lo poco que le queda: las ropas que viste, un jarro, la vida. La ropa, prácticamente harapos, la usará alguno de los bandidos; un bandido que no sea muy gordo, porque Zheng es enjuto. El jarro, con el trajín del asalto, se hará añicos, y tiene ya tantas junturas que ni el más hábil lañador será capaz de recomponerlo. La vida, bueno, la vida no le gustaría perderla ahora, cuando ya tiene a la vista, si mira hacia el norte, cuatro de las cinco plantas de la pagoda. Anochece. Amenaza la tormenta y hay que buscar refugio. Mañana seguirá su camino hacia el templo que no es el final: es un hito. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). II. Las infinitas cicatrices de un jarro]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era II [tinta y acrílico sobre papel]. 17,5 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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La soportable gravedad de las piedras

En el siglo segundo de nuestra era I. Tinta y acrílico sobre papel. Serie de tres marcadores de lectura.

Hacía ya varios meses de las celebraciones ordenadas por los enviados del emperador. La mañana que siguió a la última noche de fiesta, Zheng lio el hato. Tuvo que hacerlo hasta siete veces. Sus manos llenas de cicatrices y su cabeza aún embotada no lograban colocar los utensilios de manera que no le lacerasen la espalda. El lienzo de muralla de tres li de longitud y dos chi de anchura era sólido, sin duda, y la doble hilera de almenas ayudaba a reforzar la idea de bastión inexpugnable. Pero esas palabras —lienzo, bastión, inexpugnable— nada significaban para Zheng. Él solo sabía labrar las piedras que, una tras otra, iban encaramándose sobre los cimientos hasta formar una pared. Tampoco el término muralla le decía mucho. Al norte y al sur de la pared, la vegetación irrumpía con el mismo vigor de siempre. Así que la muralla, al menos a los ojos de Zheng, no era más que una obra de sillería perdida en mitad del gran bosque. Pero ahora, después de tantas jornadas de camino, no quedaba rastro del bosque y otra pared, muy parecida a la que él había levantado, se extendía por colinas y cañadas hasta perderse en el horizonte. Tres grullas volaban hacía él. Hoy tendré suerte, pensó Zheng en voz alta. Hizo una reverencia a las aves de buen agüero y continuó la marcha. [En el siglo segundo de nuestra era (cuento chino en tres partes). I. La soportable gravedad de las piedras]

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. En el siglo segundo de nuestra era I [tinta y acrílico sobre papel]. 17 x 4 cm. Colección del autor (0020).

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