Forma y volumen, Obra gráfica

El arte en los difusos márgenes del arte

Un homenaje a Jean Dubuffet, el artista que en 1945 acuño el término art brut para sistematizar las expresiones artísticas de pacientes psiquiátricos. El término, traducido al inglés como outsider art, se extendió después a todo el arte considerado marginal. En esta obra, juego con el significado del término art brut, que puede ser el que le dio Dubuffet, y también puede tener la connotación de belleza animal bruta o salvaje, en este caso, la de un pollino que acechaba bajo una capa de óxidos cerámicos que alguien abandonó sin pararse a mirar lo que había al fondo. 

Hasta finales de agosto, el Museo Guggenheim Bilbao presenta la exposición Jean Dubuffet: ferviente celebración, una muestra que recoge lo más significativo de la producción de Dubuffet a partir de 1940. El blog de Prima Littera ha dedicado un espacio a la exposición del Guggenheim.

Arturo Ledrado, 2022. Art brut [esgrafiado y óxidos cerámicos sobre azulejo vidriado] 20 x 20 x 1 cm. (catálogo VOL-016). Ejemplar único

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Letras, Obra gráfica

De un calentador a gas, a la escala de Mohs

A partir del día 2 de noviembre, y hasta finales de ese mes, el Museo de Artes y Tradiciones Populares, MATP, exhibirá mi pieza Yo no plancho más. El museo, gestionado por la Universidad Autónoma de Madrid, está desarrollando el proyecto Nuevas miradas, una propuesta para la promoción y difusión de obras de arte realizadas por artistas contemporáneos, basadas en objetos singulares de la colección del MATP. Alison South y Domingo Huertes comisarían el proyecto.

Mi pieza para Nuevas miradas surge a partir de un calentador de planchas a gas, y termina al otro lado de un código QR que lleva al relato La escala de Mohs, un texto que habla de planchas, que revela algunos secretos del hogar y que mide la resistencia pasiva de los materiales. Al final, como casi siempre, mi propuesta es trasversal, mestiza y narrativa.

Nuevas miradas: Arturo Ledrado, 2021. Yo no plancho más [carbón, tinta, acrílico y collage sobre papeles hechos a mano]. 78 x 58 cm.

La escala de Mohs, texto original de Arturo Ledrado, premiado en la VII edición del Concurso de relato corto Frida Kahlo.

Museo de Artes y Tradiciones Populares. Centro Cultural La Corrala. Universidad Autónoma de Madrid. Calle Carlos Arniches, 3 y 5, Madrid. Horario: lunes a viernes de 10:00 a 20:00 horas; sábados de 10:00 a 14:00 horas.

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Letras, Obra gráfica

La escala de Mohs [#yonoplanchomas]

El trajín de los chiquillos se percibe a través de la medianería exenta de cámaras que amortigüen el rumor de sus voces y carreras. Pugnan los pequeños por asimilar la confusión de una mañana de Reyes ceñida de papeles estampados, bulliciosa victoria sobre el tedio y subversión de la costumbre de alcanzar el baño y la cocina en silencio, sin más acicate que un apresuramiento dirigido a golpes de imperativo, esa letanía sin concesiones inseparable del color gris de los días comunes.

Él se ha sentado a la mesa, sin saludos, quién sabe si arrepentido.  

—¿Has abierto mis regalos? ¿Te gustan? Dime.

Amalia gira el mando hasta estrangular totalmente el paso del gas y retira la cafetera. Sus abuelas, recuerda, solían rezar un avemaría, y la infusión alcanzaba su punto idóneo de reposo con la palabra amén.

—Así sea. Ruega por nosotros.

Se le ha escapado la fórmula votiva arropada con un suspiro largo.

Alcanza dos tazones del estante cimero del armario y saca del cajón las cucharillas y un cuchillo de punta roma. Dispone la vajilla con mimo, atusando con las manos las apenas perceptibles irregularidades que atentan contra el lustre del mantel. 

—¿No me escuchas, Amalia? ¿Te han gustado los regalos? Habla, mujer, que parece que hayas perdido todas las ilusiones.

—Sí, me gustan mucho. Son bonitos.

Hace frío en la casa. Un frío húmedo que emana de las paredes y taladra los huesos. Aún no son las diez, es día festivo y no hay portero, así que tampoco hay calefacción, un tributo al ahorro de los gastos de la comunidad, y los hijos de los vecinos parecen dispuestos a tirar abajo los tabiques. Tal vez los Magos de Oriente les han traído en las alforjas de sus camellos una variedad de herramienta suficiente para la demolición del edificio: mazos, piquetas y cinceles.  

—Y, si tanto te han gustado, ¿por qué no llevas puesta la bata nueva? Es de tu talla, ¿verdad? Siempre me confundo entre la treinta y ocho y la cuarenta —dibuja los números sobre el hule, con la uña de su índice—. ¿Acerté?

Amalia hace un esfuerzo por ubicar la bata. Sin duda estará allí, donde ella la dejó, sobre el reposapiés tapizado con cretona estampada a juego con los sofás, al lado de la desmejorada imitación china de un abeto del que penden algunas bolas y lazos dorados.

—No me he puesto la bata porque no me gustaría mancharla el primer día, pero me la he probado y me queda muy bien. Es la cuarenta. Ésa es mi talla.

Amalia miente. Cierto es que lo intentó, mas no pudo completar el movimiento y tuvo que reprimir un grito. El brazo izquierdo le duele, le duele muchísimo, y cuando lo forzó para enhebrarlo en la manga de la prenda se quedó sin respiración y sus ojos se anegaron. Lágrimas por el dolor. También por el otro dolor, por la vergüenza que siente ante su propia cobardía y por saber que ayer se acostó vestida, con su bata de siempre encima del pijama, y que él, ya de madrugada, se deslizó bajo las mantas buscando su calor. Sin preguntas y sin disculpas.



La tarrina de mantequilla está prácticamente vacía. Amalia no logra discernir si ayer compró otra o si se limitó a añadir una línea más a la lista sujeta con imanes sobre la puerta del frigorífico. Además del brazo, también le duele la cabeza. En un rincón de la encimera hay dos bolsas de plástico. Quizá ahí esté la mantequilla, o quizá no. Tal vez debería comprobarlo, escrutar el contenido de las bolsas serigrafiadas, compararlo con su lista y tachar las partidas que ya no son necesarias. Anotar lo pendiente y borrar lo innecesario. Empezando por la letra a, y después la be, así hasta llegar a la zeta y, entonces, regresar al principio con la satisfacción del deber cumplido, con una lista plagada de tachaduras y apenas tres o cuatro asuntos pendientes: respirar, romper todos los espejos de la casa, vivir.

—¿Y la plancha? Dime, ¿qué te ha parecido la plancha?

—Pues, ¿qué me va a parecer? También es muy bonita. Gracias por todo.

Amalia llena con café los dos tazones, hasta la mitad más o menos, y, luego, añade leche fría y azúcar. Dos terrones para él. Uno para ella.

—Ésa no es la respuesta que yo esperaba, Amalia. Seguro que ni has hojeado la documentación —enarca las cejas y enlaza las manos delante de su cara, ensayando un mohín que pretende ser un gesto de simpatía—. Anda, tráela y la repasamos los dos juntos. Pero antes, explícame por qué no hay roscón.

Él pregunta por el roscón. ¿Acaso no ve que sobre el mantel hay una caja de galletas surtidas? La misma caja que empezaron a consumir hace cinco días. La caja que lleva ahí, sobre la mesa auxiliar, más de cien horas. Una caja de galletas no es un roscón, y puede quedarse años contemplándola con esa mirada que pretende ser irónica mas no pasa de estúpida, porque jamás la caja será un roscón, no hay transmutación ni milagro que convierta el metal en un bollo adornado con frutas escarchadas y azúcar. ¡Y aún se atreve a preguntar por el roscón! Como si no supiera lo que pasó ayer o como si ya lo hubiese sepultado bajo una gruesa capa de arena. Santo entierro. Pero Amalia sabe que él no olvida las cosas, no; lo almacena todo en su cabeza, en desorden quizá, una mezcla de temores y recelos cocinándose a fuego lento, acumulando gases y vapores, siempre a punto de explotar. Conoce bien el proceso y sufre las consecuencias. ¿Quién olvidó el roscón? ¿Quién levantó la mano? ¿Para quién el dolor? 

El folleto de instrucciones presenta a los consumidores las características y cualidades del electrodoméstico en cinco o seis idiomas. Es un librito no muy voluminoso, grapado a caballete, con algunos dibujos al principio y un croquis de despiece que remite a una lista numerada de componentes. El dieciséis: recubrimiento exterior de fluoropolímero. Amalia nunca ha oído esa palabra. Él la repite varias veces, cambiando de lugar el acento:

—Fluoropolímeros, fluoropolimeros, fluoropolimerós.

Se le enredan las sílabas en la lengua, como a los niños cuando están empezando a leer y, de repente, descubren una combinación de letras distinta a las que ya han memorizado.

­­—Foluropolímeros, folipolímeros, polimerofolios.

Amalia pregunta si le apetece más café. Él niega con la cabeza, sin apartar los ojos del librito.

—Recoge esto, Amalia. ¡Mira que no comprar el roscón! Son ganas de fastidiar, mujer. Ni el día de Reyes podemos comportarnos como todo el mundo. ¡A la mierda las galletitas! —golpea con su puño el envase metálico, hundiéndole la tapa—. ¡A la mierda los daneses y sus mantequillas rancias!

El fregadero está atascado. Algunos restos de comida taponan la rejilla del desagüe. Serán los restos de su cena, la de él, porque Amalia, anoche, no probó bocado. Junto a la pila hay una cacerola azul con un resto de judías con patatas, ajos y tomate. El aspecto de la verdura ya no resulta apetitoso. Se le olvidó guardar la cacerola en el frigorífico. Tampoco se acordó de comprar mantequilla, ¿o sí lo hizo? Está segura de haberlo anotado en la lista de la compra. ¿Debajo del roscón? No; en todo caso, encima, porque la eme viene antes de la erre. Sonríe, e instintivamente se protege los labios con la mano. Este gesto le recuerda que hubo otros olvidos, que anoche no grito ¡Basta!, a pesar de sus planes, a pesar de la determinación de acabar ya, de enfrentarse a él y detener esta locura. Tuvo miedo de que la válvula se abriese aún con más violencia y recurrió, como en tantas ocasiones, al ejercicio de la pasividad, humillando la cabeza y mordiéndose los labios. Rogó que las palabras fuesen todo el castigo, pero, y lo adivinó antes de que llegaran los golpes, la secuencia encadenó los mismos planos de siempre. Ella es como esa lata de galletas que acaba de guardar en el armario alto. Cada vez se siente más vacía y los golpes la han deformado tanto que ahora es imposible encajar la tapa, y lo de dentro, el contenido, se ha vuelto rancio al contacto con el aire. Respirar, romper los espejos, vivir.

—Deja eso ahora y siéntate a mi lado, mujer. Ven y te explico cómo funciona este cacharro.

Amalia obedece y retorna a la mesa secándose las manos en los costados de la bata.

«La plancha proporciona a la ama de casa una alta resistencia al rayado». El fabricante parece orgulloso de su producto «vanguardista, hecho para satisfacer las demandantes expectativas de la mujer actual».

—Me ha costado muy cara, no te creas, pero seguro que merece la pena.

Él improvisa un conato de caricia, pero su mano se detiene antes de rozar la mejilla de Amalia.

—Dice aquí que incluso se pueden planchar prendas que lleven botones metálicos, ¿eh? Ya no tenemos excusa para dejar de lucir el uniforme, Amalia. Las rayas impecables, en las mangas y en las perneras. ¿Qué te parece?

Amalia atiende a las explicaciones de su marido. La plancha, al parecer, le proporcionará una alta resistencia al rayado y colmará sus expectativas. Todo esto, por supuesto, sólo ocurrirá en el caso de que ella se considere una mujer actual, una mujer capaz de exponer sus demandas y, aún más lejos, de buscar los medios para satisfacerlas. Podría hacer otra lista y colocarla junto a la de la compra, en la puerta del frigorífico, y relacionar sus peticiones, empezando por la erre de respirar, aunque esto no sea una demanda sino una necesidad vital, el colofón de un avemaría ajustado a su insoportable realidad.

De algún rincón de su memoria más antigua surge como una iluminación el diagrama de la escala de dureza de los minerales, La escala de Mohs. Del talco al diamante, diez categorías estratificadas de menor a mayor. Del más débil al más fuerte. El cuarzo es capaz de rayar al vidrio común, y un diamante sólo puede ser rayado por otro diamante. ¿A qué altura de la escala se encuentra ella? ¿Cuál puede ser su índice de dureza? ¿De qué están hechos los fluoropolímeros?

Él se ha levantado y se dirige al cuarto de baño. Silba y aprieta en el puño el folleto de instrucciones. Sobre la mesa, la plancha fuera de su caja, y los protectores de corcho blanco, y el cable y el resto de accesorios aún en sus bolsas.            

Hace frío.

Cuando se despertó, él ya se había marchado. Fue al intentar levantarse cuando sintió la punzada en el brazo, unos centímetros por encima del codo. También le dolía la cabeza. Se palpó la cara con las dos manos, despacio, desde la frente al mentón, intentando detectar alguna irregularidad. 

El peor de los golpes siempre es el primero, porque les abre la puerta a los demás. Una gota, y después el aguacero. Y con los golpes, las palabras malas, hilvanadas en retahílas que a fuerza de repetirse pierden cualquier significado. Aun así, duele su volumen. (El aguacero.) La tapadera ya no encaja en su sitio. (El aguacero.) Ruega por nosotros Santa Madre de Dios. (La calma.) Un portazo y unos pasos apresurados descendiendo hacia la calle.

Con gran esfuerzo, pero aún sin llorar, logró ponerse en pie. Aunque se arregló un poco la ropa y el cabello, el espejo oval de la cómoda insistía en devolverle una imagen no por conocida admisible, tan frecuente ahora como inusitada antes. Ofreció sus perfiles, y el espejo le devolvió las réplicas correspondientes. Vivir de costado es como vivir de rodillas, un mal simulacro, la opción de los mansos, los bienaventurados mansos que jamás heredarán reino alguno.

Poco a poco se fue inclinando hasta apoyar la frente contra el vidrio, hasta fundirse con la imagen. Notó la humedad entre las piernas, el tufo de los orines liberados inconscientemente. Entonces, se desmoronó. 

Entonces, el llanto.

En el bolsillo de la bata, de su bata de siempre, Amalia guarda un paquetito. Contiene unos gemelos de plata con las iniciales NYFD grabadas sobre la silueta de un perro.

Keep back 200 feet.

No siempre es posible mantener la distancia de seguridad. Sabe que a él le encantan estos detalles. Era su oficio. A miles de kilómetros de Manhattan, pero era su oficio, y también su pasión. Tuvo que jubilarse después del accidente, pero desde que recuperó la movilidad es raro el día en que no se acerca a saludar a los antiguos compañeros. Aún forman una piña y se nota lo mucho que aprecian al sargento, su alias en el cuartel. El recuerdo de sus años en activo, de su capacidad innata para trabajar en equipo, de su valentía mesurada y responsable, justo hasta el límite que separa la temeridad de la experiencia. Todos saben que él jamás volverá a vestir el uniforme, pero continuamente fantasean con su regreso y se maravillan de su buen aspecto, apenas, aseguran, se le nota la cojera. ¡Quién sabe! Quizá algunos meses más de rehabilitación y el sargento volverá a ocupar su puesto. Incluso, le dicen, han aplazado la liguilla de frontón, Porque el juego no sería lo mismo sin tu concurso.

La pensión de invalidez que recibe del estado les permite vivir sin demasiados agobios. Además, Amalia aporta el dinero que le pagan por las traducciones. Es un trabajo esporádico, a través de una antigua compañera de la facultad, una labor correosa a veces, mal pagada siempre, porque ella se esfuerza no sólo en traducir sino también en darle sentido a las frases, y eso no figura en la tarifa. Un tanto por palabra, un poco más si el documento incluye vocabulario técnico. Amalia nunca habría traducido: «la plancha proporciona a la ama de casa una alta resistencia al rayado». Con semejante redacción, la frase resulta engañosa. Ninguna plancha ha sido fabricada para proteger a las amas de casa. Y menos que a nadie, a ella, que seguramente ocupa uno de los escalones inferiores de la escala de Mohs. Tal vez por eso resulta tan sencillo herirla; es como si ella fuera de yeso, el mineral número dos que se raya con la uña. ¿Y él? ¿Hasta qué punto es resistente? ¿Más que los fluoropolímeros? Él se rompió una vez. Y lo superó. Pero quedaron secuelas: el dolor del brazo, el dolor de cabeza, la imagen que le devuelve el espejo oval de la cómoda, demasiado frecuente.

Efectivamente, fue él quien sufrió el accidente, pero es Amalia quien no ha conseguido recuperarse del todo.

Y ahora la plancha, con su «sistema antiadherente tricapa con mayor resistencia al rayado», una patente europea para un electrodoméstico fabricado en China.

Scratch guard.

Rasguños. A salvo de rasguños.

Le costó mucho trabajo pelar las patatas. No sólo por el dolor de su brazo izquierdo, pero también por eso. Había trazado un plan. La vez anterior, después del espejo y del llanto, reflexionó como nunca lo hiciera, analizando su situación desde todos los ángulos accesibles. Ella aún era joven, poseía un título, podría empezar de nuevo, lejos de él, otra vida más amable, como antes del accidente, como antes de encadenar derrota tras derrota y descender a los infiernos. Como cuando eran dos y a ninguno le importaba ser diferente. Mejor así, coincidir en todo sería aburridísimo, solían comentar. Yo, él, soy la roca y tú, ella, eres la brisa del mar. Poesía improvisada después del amor, aún enlazados sus cuerpos. 

Empezar de nuevo, pero esta vez sin él. Sin este intruso que se ha colado en la casa para suplantar a su marido. Porque aquél no superó el accidente. Murió allí, en una carretera secundaria, en una curva sin aparente peligro. Nadie parece darse cuenta, pero es así, ya no cabe duda, y las cosas no van a cambiar, irán a peor, porque el intruso es dueño de un cuerpo gaseoso y expansivo que pretende ocupar todos los espacios y asfixiarla poco a poco. Respirar.

¿Por qué han llegado a estos extremos? Es algo que no consigue entender. Considerados por separado, los fragmentos de su cotidianeidad no justifican que la enfermedad sea tan profunda. Mas los efectos están ahí, en forma de moratones y arañazos, pero ¿y las causas? ¿Cuándo se apagó la luz? El intruso llegó directamente desde el hospital, con las muletas y una mirada esquiva como único equipaje, pero ¿en qué momento desapareció también ella? ¿Cuándo llegó la mujer del espejo para sustituirla? Primero fue el silencio, un muro que fue ganando altura día a día.

—Ya se me pasará, Amalia, ten paciencia y ayúdame.

Después de rehogar las judías con el tomate y el ajo, se acostó, vestida y sin asearse, antes de que él regresara pidiéndole una comprensión más allá de lo soportable. Como siempre después.

—Amalia, ¿duermes?

El flotador de la cisterna se averió hace un par de días. La esfera de corcho no se eleva y, por eso, la válvula ha dejado de ejercer su función. Es preciso cerrar la llave de paso después de cada llenado, para que el agua no rebose y se vierta. El riesgo de inundación es evidente; bastaría un pequeño olvido, el sobresalto de un timbrazo a deshora, o la convocatoria siempre sorpresiva del teléfono; unos minutos y el conflicto con los vecinos estallará. Habrá que buscar las pólizas del seguro, pedir excusas, arreglar los daños propios y también los ajenos. Otro término en la insoluble ecuación de sus desencuentros.  

—Esta tarde me toca bricolaje.

Parece de buen humor, aunque no haya roscón ni mantequilla.

—¿Te apetece que salgamos a comer fuera? Cerca del cuartel han abierto un asador. ¿Qué contestas? ¿Un churrasco y una botellita de vino?

Amalia continúa sentada a la mesa. Ha devuelto el material de embalaje y los accesorios a la caja, pero no así la plancha, varada en posición vertical sobre su apoyo trasero. Ahora sus dedos resbalan por la lámina protectora antiadherente. Una y otra vez, arriba y abajo, a favor y en contra. Intenta arañar el recubrimiento, pero el fluoropolímero resiste los embates de la queratina.

—Yo lo situaría por encima del cinco, ¿y tú?

—¿Cómo dices, Amalia?

—El antiadherente. Digo, que yo pienso que su dureza es superior al grado cinco, el de la apatita, el de los dientes de los dinosaurios.

El reloj de pared marca las diez y media. Amalia detiene por fin el recorrido de sus dedos y observa con atención los resultados de la prueba. Ni rastro de arañazos. Ella es de yeso, o puede que incluso sea de talco, lo más bajo en la escala. De repente, se da cuenta de que aún no ha correspondido con sus regalos. Extrae del bolsillo de la bata vieja el pequeño estuche envuelto en papel charol.

—¿Sabes? Yo también tengo un regalo para ti, y casi lo olvido. Es una tontería, ya me conoces. Tómalo.

El paquete con los gemelos se desliza sobre la mesa, se mantiene unos segundos en equilibrio sobre el filo y, finalmente, cae al suelo. Él trata de alcanzarlo. Como no puede doblar la pierna, se abre a la par que se inclina, la mano derecha buscando apoyo en la mesa, el pie izquierdo cada vez más alejado. 

—Deja, puedo yo solo. No quiero que me ayudes, no soy un inválido.

Pero Amalia no se ha levantado con la intención de ayudarlo, y cuando a él se le enciende una luz dentro de la cabeza y adivina lo que va a suceder, ya es demasiado tarde.

Keep back 200 feet.

Dolor para combatir al dolor.

«Nuestros productos marcan la diferencia en la vida de las personas en más de sesenta países». El folleto de instrucciones, pese a su defectuosa traducción, no engaña en lo fundamental. La diferencia es manifiesta: sus vidas ya no serán como antes. Ni como cuando eran dos.   

Amalia se contempla en el espejo de la cómoda y, por primera vez en mucho tiempo, la mujer que siempre llora y huele a orines no está ahí. Vuelve a ser ella, la brisa que, rodeando los farallones, sopla desde mar abierto hacia la costa, ella, enfundada en la bata que los Reyes Magos de Oriente le han dejado junto al árbol. Antes de ponérsela, se desnudó y ha pasado por la ducha. Después, con la ayuda de las tijeras, le ha cortado las mangas a la bata. Así es más fácil. 

En la cocina, él se agarra con fuerza los dedos de la mano derecha, o lo que queda de ellos. El golpe seco, asestado con el filo de la plancha, le ha quebrado varias falanges y por las heridas abiertas fluye la sangre.

Bricolaje quirúrgico de partes seccionadas. Cubo y fregona antes de que los líquidos encuentren las porosidades del forjado y publiquen, en el techo de los vecinos, las variaciones de esta sinfonía: respirar, vivir.

La necesidad de romper los espejos ya no es un ítem en la lista del frigorífico.

A partir de ahora, Amalia, las cosas serán mucho más fáciles.

©Arturo Ledrado 2003-2021

Arturo Ledrado, 2021. Yo no plancho más [carbón, tinta, acrílico y collage sobre papeles hechos a mano]. 78 x 58 cm.

La escala de Mohs, texto original de Arturo Ledrado, premiado en la VII edición del Concurso de relato corto Frida Kahlo.

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Y si todo fuera un ir pasando

No es la primera vez que intento plasmar en imágenes el soneto (sin título) de Francisca Aguirre que cerraba el apartado Argumento (Los cantos de la Troyana) del poemario Ensayo general, Ferrol: S. C. Valle-Inclán, 1996. Este libro obtuvo el XV Premio Esquío de Poesía en lengua castellana.

A partir de mi representación de Tanatos, y con el poema de Francisca Aguirre en los oídos, se materializa esta imagen. La osamenta pudiera entrar en la tierra; o tal vez surgir. De momento, se ha detenido en la línea del horizonte. Sus gafas-de-no ver están empañadas.

Arturo Ledrado, 2021. Y si todo fuera, 20 x 20 x 1 cm. Esgrafiado sobre cerámica industrial de pasta roja vidriada, preparada con mezcla de bióxido de manganeso y trementina (VOL-012).

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El sueño americano y la profundidad del océano

Nueva colaboración para Venecia, el club de lectura de La Casa Encendida. A partir de la lectura de La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, de Mariana Enríquez, y de la revisión de un texto propio de 1998 (La tragedia del Trinity) surge este microrrelato, una historia de encuentros, barcos y —quizá— fantasmas. La ilustración, a la que he titulado A bordo del Trinity (2021), es una obra digital, derivada en un apunte al pastel de 1992 (Retrato en rojo).

En el Atlántico Norte

Juan Saavedra quiso conocer América siendo muy joven. Alegre y optimista, convenció a sus padres de que al otro lado del mar océano la vida sería para él mucho más gratificante. Llenó dos maletas con libros, fotos y cuadernos, y una tercera con su ropa de diario y dos camisas nuevas, preludio de un incipiente ajuar. Así, cargado de bultos e ilusiones, salió del pueblo a mediados del mes de marzo, convencido de que el frio del camino sería el último rigor en mucho tiempo.

El temperamento entusiasta y sociable de Juan tenía su contrapunto en un estado de ánimo cambiante. De haber leído a Kretschmer, el vástago menor de los Saavedra-Fajardo se hubiera autodefinido como ciclotímico. De hecho, su aspecto físico, redondeado, propenso a la acumulación de grasa y con las extremidades demasiado cortas para su volumen general, confirmaba los postulados del psiquiatra alemán. Pero esto, la decisión de cambio radical, sucedía en un apartado lugar del norte de España, seis años antes de que el doctor Kretschmer publicase Der sensitive Beziehungswahn, su primer ensayo, traducible quizá como La manía de las relaciones sensibles.

Dos jornadas antes de llegar a Lisboa, Juan Saavedra se encontró con Dalva Izabel Ferreira. Rubicunda y cálida, confiada y sociable, la muchacha hacía el camino a la capital para embarcar hacia América, donde le esperaban su madre y una hermana. Juan y Dalva tenían pasajes para el mismo paquebote, el Trinity, un vapor de la Salomon, Brooks & Merz, debidamente aparejado para la travesía atlántica.

El Trinity zarpó según lo anunciado, con Dalva y Juan a bordo, y a última hora del 14 de abril, cubierta ya gran parte de su singladura, se encontraba a unas 325 millas náuticas de Terranova. Hasta esa noche, el cuaderno de bitácora no registraba incidencia alguna de importancia.

La prensa de la época recogió que junto al Carpathia y al controvertido Californian, puede que otro barco acudiera a la llamada de socorro del Titanic, y este no sería otro que el Trinity, pero en ningún momento se menciona su nombre. El Titanic se hundió. El Carpathia y el Californian fueron enviados al fondo por submarinos alemanes durante la Gran Guerra. El Trinity, sencillamente, se esfumó en el Atlántico Norte entre el 14 y el 15 de abril de 1912, y Juan y Dalva desaparecieron con el paquebote. Salomon, Brooks & Merz, Shipowners, enviaron telegramas de pésame a las familias de tripulantes y viajeros. El dolor fue persistente para muchas personas.

En 1998, La Taberna de Jack, una columna del semanario local Béjar Información, recuperaba la tragedia del Trinity; y aportaba un nuevo e inquietante detalle. Después de tantos años de silencio, la confirmación de que lo tangible es prueba de lo intangible está guardada en un apartado lugar del norte de España, dentro de una lata de dulce de membrillo calidad selecta.

©Arturo Ledrado 2021

Arturo Ledrado, 2021. A bordo del Trinity, 3543 x 3543 píxeles (30 x 30 cm / resolución 300 píxeles/pulgada). Ilustración digital y collage (0065).

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Breviario de golfos, golfines y gánsteres

Gangs of Madrid (v.o. xix Century). Madrid no ha sido, más allá de episodios aislados, una ciudad de gánsteres a la americana; ni tampoco fue reducto de golfines (precedente de los bandoleros que, al igual que ellos, operaban más al sur, entre los Montes de Toledo y Sierra Morena). En la metrópoli, la transición del siglo XIX al XX sí fue un tiempo donde una nueva clase social, la de los golfos, opositó a ser su rasgo distintivo. La Real Academia dice que los gánsteres son los miembros «de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades»; y Menéndez Pidal, en 1900, definía a los golfines como «gente de mal vivir que formaba banda de salteadores». Mis Gangs of Madrid son más humildes y quizá menos sociables; apenas un producto descafeinado del lumpen nacional. La Real Academia despacha al golfo con el calificativo «deshonesto» (¡extensa nómina —entonces y ahora— la de los golfos!), y añade que son también pillos, sinvergüenzas y holgazanes. Bien. Con estos epítetos, puede que se amplíe aún más la lista de los golfos. Pero mis Gangs son, en su versión original, productos del XIX, así que desconecto del presente y regreso al puente entre dos siglos: me gusta más creer que estos tres figuras son unos pícaros que vagabundean por la ciudad vestidos a la moda que dicta La Tijera, con la cuenta del sastre (al que jamás abonarán ni un céntimo) en el bolsillo de la levita y sombrero de copa con sobreático. Si se esfuerzan un poco, igual acaban pateando el Campillo de Gilimón o Las Injurias en alguna novela de Baroja.

Arturo Ledrado, 2021. Gangs of Madrid (v.o. XX Century), 20 x 20 x 1 cm. Esgrafiado sobre cerámica industrial de pasta roja vidriada, preparada con mezcla de bióxido de manganeso y trementina. VOL-009.

Gangs of Madrid (v.o. XIX Century, boceto previo
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Doble personalidad (o el sabor de la fruta)

Un microrrelato que escribí en 2001 para un potencial libro. De momento, descansa en el obrador, dentro del cajón etiquetado Intramuros. Hace unos meses, Aurora Guereña me pidió algún relato para un proyecto de ilustración. Sus dos dibujos han captado la esencia de esta historia mínima de naranjas y sueños; de vigilias y paréntesis.

Doble personalidad

Los cristales empañados; la frialdad especular de las baldosas; un colmo de cacharros sucios desbordando el fregadero. Son las cuatro de la madrugada y la ciudad se estrecha y se diluye bajo la menguante luz de un puñado de estrellas.

Gajo a gajo, se come —me como— dos naranjas. Pienso en su suerte —en mi mala suerte—, en lo injusto que resulta este reparto de tiempos. Él ignora la espontaneidad de su estado: no sabe que se levanta sin más y ejecuta acciones sencillas —ni siquiera hemos pelado bien las frutas—. Luego, cuando despierte y esté sólo y, desde mi punto de vista, incompleto, nada recordará .

En esta madrugada, yo le acompaño en su periplo, atento a su relación con el medio que nos rodea; me mantengo prevenido y alerta.

La historia se repite cada noche con parecida intensidad; tan sólo varía la textura, la forma o el sabor de la fruta: hoy, dos naranjas; ayer, un resto de uvas. Mi vigilia dura apenas unos instantes, un escueto paréntesis entre dos fases de su sueño.

Aun así, espero que jamás se deje convencer por quienes con frecuencia le recomiendan que solicite la ayuda de los psicoterapeutas. Una respuesta positiva al tratamiento sería dramática para mí.

© Arturo Ledrado 2001-2021

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Aute de noche, con nocturnidad y calevosía

En 1995, el editor y escritor Luis Felipe Comendador me propuso ilustrar tres poemas de Luis Eduardo Aute, con la idea de publicar los textos y los dibujos en una nueva entrega de la colección de hojas de poesía El árbol espiral. Los poemas de Aute eran, al mismo tiempo, las letras de algunas canciones que el cantautor escribió para su álbum Alevosía, publicado ese mismo año, y que no tuvieron cabida en la edición final del disco. Así surgió esta publicación, hace ya nueve mil ciento y treinta días —veinticinco años— que han tenido, como manda la tradición y las buenas costumbres, sus correspondientes noches. Como hoy mismo, al día le sucederá la noche:

Aquí está, de nuevo aquí,
recusadora y amenazante,
la noche,
con nocturnidad
y calevosía.

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Apuntes en el Museo de la Molinería de Morata de Tajuña

Prima Littera

El pasado mes de abril, el taller de dibujo y apuntes del natural de Prima Littera se trasladó al municipio madrileño de Morata de Tajuña para visitar del Museo de la molinería. El museo se ubica en el Molino de la Huerta de Angulo, un edificio de principios del siglo XVIII, con añadidos posteriores. Además de dibujar el exterior del molino y su entorno natural, pudimos ver en funcionamiento el sistema hidráulico que mueve las turbinas y las muelas. Fue una deferencia de Ana, anfitriona del museo, a quien agradecemos su recibimiento y explicaciones.

Esta actividad forma parte del programa complementario del taller de dibujo y apuntes del natural con modelos que organiza Prima Littera en la Universidad Popular Municipal de Rivas Vaciamadrid. El programa para el curso 2019-2020 estará cerrado a finales de junio. Si quieres recibir información sobre el taller y sus actividades en el aula y en…

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Letras, Obra gráfica

Vivencia emocional de un dios romano

Espero que Saturno, padre mío, que desafió la terrible orden de devorarme, no me vea ahora en tan lastimoso trance. Yo que soy el amo y señor de las aguas dulces y saladas; yo que dibujo tormentas y esculpo tempestades; yo que tuve a la gorgona Medusa en mi lecho, ¿cómo es que me arredro en presencia del escorpión? Sé que ningún daño pueden hacerme. La corte de sabios delfines y donosos hipocampos que me acompaña y me venera así lo corrobora. Pero el miedo es una emoción difícil de controlar, incluso siendo inmortal y hermano del todopoderoso Júpiter, mente suprema del panteón.

Más de cuatro semidioses y algunos héroes que me frecuentan admiten en la penumbra confidente que el miedo es parte de su existencia. No un atributo, eso no; pero sí algo inherente a su condición, sea esta cual sea. La diferencia entre ellos y yo estriba en que en mí las emociones son tan solo el preludio de algo más grande, incontrolable y casi siempre doloroso. Tentado estoy de pedirle al gran Júpiter que intervenga y aleje de los mares toda la ralea de escorpiones. Pero entonces, mi hermano descubriría que soy incapaz de mitigar el efecto perturbador de las emociones, y no me seduce reunirme en el inframundo con Plutón el oscuro, mi otro hermano carnal.

Dejaré, pues, que la Providencia obre y a su ritmo decida si los escorpiones continúan su expansión o si deben abandonar las aguas y buscar acomodo en tierra seca. Válgame Saturno, padre mío, pautador del tiempo.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2019. Neptuno [tintas pigmentadas y acuarela sobre papel]. 18 x 5 cm. Colección del autor (0021).

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