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La música y la felicidad de las gallinas

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

Cuentan que en las Tierras Altas hay extensas parcelas bien señalizadas, valladas y vigiladas donde centenares, miles de gallinas ponedoras escuchan los Seis momentos musicales de Franz Schubert al menos seiscientas sesenta y seis veces cada mes, excepto en febrero y su contingente vigésimo noveno día. En ese mes tan corto y antisistema, la felicidad de las gallinas se logra programando de orto a ocaso la Sonata número 14 de Beethoven, esa que es Quasi una fantasia. Las gallinas son pájaros de facultades limitadas, así que para ellas el calendario gregoriano es una entelequia. Quizá para compensar la falta de seso, las gallinas de las Tierras Altas son melómanas; y felices. Como todo el mundo debería saber, amar la música y ser feliz son dos estados espirituales que mejoran la constitución corpórea. Por eso, las gallinas melómanas y felices de las Tierras Altas son capaces de producir óvulos con una frecuencia inusitada, y también pueden dilatar sus vías para que circulen por ellas huevos de mayor tamaño. La relación entre el fenómeno música y el fenómeno huevo, por otra parte, no deja de ser sino otro eslabón de la cadena que Engels definió como interacción universal. Así que, probablemente, las gallinas de las Tierras Altas también serán comunistas o están en camino de serlo. De los prolegómenos de esta historia, habría que contar que antes de decidirse por Schubert y Beethoven los ideólogos del sistema probaron con zarzuelas, pero los huevos salían revueltos; y el mayor fracaso fue programar la Obertura 1812, de Tchaikovsky, porque las gallinas se revolvían contra sus cuidadores y les picoteaban las pantorrillas.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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La isla del Pájaro y otros seres levitantes

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

Sobre Manhattan, a unos mil doscientos metros por encima del East Village, levita la Isla del Pájaro, llamada así porque sus contornos y su orografía recuerdan las formas y volúmenes de un mirlo acuático o de una chova piquirroja. Se sabe que en la isla hay otros seres que, pese a estar condenados por un antiguo dios oriental y unas manzanas a arrastrar su cuerpo por el suelo, son al mismo tiempo seres levitantes. Estos bichos que en algunas culturas son serpientes, en otras son culebras y en las sociedades más evolucionadas son ofidios, forman un todo con la isla, y han recorrido tantas veces sus costas como para excavar un profundo foso que en algunas zonas, si el día está despejado, deja entrever las tiendas de Marks Place y Tompkins Square. Del archipiélago de las Tres Flores, próximo a la isla del Pájaro, aún no se escribió ni una sola línea.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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Cuatro escaleras y una tormenta de arena

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

Sales de casa. Subes una, dos, tres, cuatro escaleras y te encuentras una tormenta de arena. Antes, cuando la Tierra era mucho más pequeña y los mares y océanos acababan abruptamente en el borde de insondables precipicios, las tormentas venían del Este. Como las religiones y las promesas de vida eterna. Pero en el Este ya no quedan arenas ni se forman vientos amenazantes; ni siquiera tenemos noticia de profetas que anuncien la encarnación de un nuevo mesías. Ahora, cuando la opinión mayoritaria concede que la Tierra es redonda, las tormentas han cambiado su curso y vienen todas del Sur. Las autoridades lo niegan sin mucho ahínco; predican que, lo veremos, alguna tormenta llegará por el Este o por el Oeste. Pero la verdad es que siempre hay tormentas engendradas en el Sur amenazando con cubrir el Norte. Mientras el viento sople, cuando miremos hacia el Sur, no habrá más horizonte que esas nubes acres que transportan minúsculos granos de sílice, o feldespato, o hierro, o caliza en suspensión. Polvo de estrellas.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2017. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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El vuelo del ave fénix hacia la luz

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Serie de seis marcapáginas.

El fénix sobrevuela las cúpulas de una ciudad construida a ambos lados de un viaducto. Mientras, tres arañas se deslizan por sus hilos. No sopla el viento, así que las arañas, mejor dicho, sus cuerdas de seda, cortan perpendicularmente las líneas del horizonte. En esas condiciones de tanta calma, es fácil dejarse llevar por la pereza y obviar los deberes cotidianos. De vez en cuando, algún habitante de la ciudad de las cúpulas recuerda que aún no hay un río que pase bajo el viaducto; pero siempre se deja para otro día la tarea de aguar el cauce seco; lo mismo que se aplaza mes tras mes, estación tras estación, la elección del nombre del río que dará razón de ser al viaducto. El gobierno de la ciudad es una coalición progresista-liberal-nacionalista.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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Un pueblo escondido entre montañas

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida. Pertenece a una serie de seis marcapáginas donde las manchas de acuarela y la imaginación han propiciado la aparición de formas y paisajes no esperados,.

Después de unas cuarenta curvas a derecha y otras cincuenta curvas a izquierda, la carretera desemboca en una plaza extensa cerrada por tres de sus lados por casas de una sola planta. Pero la vista engaña. Lo cierto es que las casas son muy altas, algunas puede que superen los diez metros. Esa altura permitiría al menos tres forjados en su interior: zaguán, principal y cámara, por ejemplo. Por qué y quiénes construyeron unas estructuras tan atípicas en estas montañas, es un misterio. La ubicación recóndita del pueblo lo ha mantenido a salvo de miradas durante siglos, tal vez milenios. Mi universidad, cada verano, envía una comisión mixta de antropólogos, arquitectos, historiadores y arqueólogos a esta misma plaza, con la esperanza de que en algún momento seremos capaces de salir de los vehículos, acercarnos a los frontispicios y llamar a cualquier puerta. Aun siendo verano, hace tanto frío fuera y el silencio es tan sobrecogedor, que dudo que algún día reunamos el valor para dar ese primer paso. ¿Estará habitado el pueblo?

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2017. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección del autor (0019).

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Al sol de invierno que más calienta

Sin título. Tinta y lápiz de color sobre papel. Marcador de lectura a partir de una acuarela de Carmen I.R. recortada e intervenida.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. Sin título [tinta y lápiz de color sobre papel]. 20 x 5 cm. Colección particular (0018).

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Deconstruir lo construido para construir lo imaginado

De palacios, príncipes y animales fabulosos. Acuarela y tinta sobre papel. Colección de diez marcadores de lectura a partir de una ilustración original recortada e intervenida.

Obra gráfica: Arturo Ledrado, 2018. De palacios, príncipes y animales fabulosos [acuarela y tinta sobre papel]. Cinco piezas de 13,50 x 4 cm más cinco piezas de 14,50 x 4 cm. Colección del autor (0017).

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